jueves, 17 de enero de 2013

soñé con john cusack

Soñé con John Cusack. 

Es de noche y camino por Buenos Aires. De la nada me encuentro con John Cusack. Está vestido de impermeable y pasea un perro grande. Tiene la barba rala, incipiente, desprolija, y ese aire de héroe melancólico que el mismísimo John Cusack (fuera de mis sueños y de cualquier experiencia onírica) ha dispersado por amplias latitudes, en forma de partículas de celuloide. 

Resulta que no sé por qué, sin mediar palabra ni presentación, nos ponemos a caminar a la par, John Cusack, el perro grande y yo. Caminamos unas cuadras que en sueños podrían ser mil, quince, o media. En algún punto de ese continuo indefinible de longitud y tiempo (dicen que los sueños duran lapsos infinitesimales) aparecemos hablando muy naturalmente, hablando y caminando por calles de la ciudad que no tienen nombre pero que conozco. Sé que el perro grande nos acompaña pero ya no lo veo, debe ser porque no me sale hacerle gracias, ni acariciarlo, mucho menos dictarle una lista de halagos inventados a su dueño. Es cierto: no me gustan los perros, soy indiferente a ellos, pero a él, a John Cusack, parece no importarle. 

De pronto llegamos a una avenida que sí conozco bien. No veo carteles, edificios o colectivos, pero sé que estamos en Corrientes, a la altura del barrio del Abasto. Lo sé porque la densidad del aire, obviamente, aumenta (si no estuviera soñando tendría dificultades para respirar). También por la cadencia del andar de los taxis y por un rumiar inaudible para mí, pero sensible al perro grande que vuelve a tomar cualidades corpóreas justo cuando pisamos la avenida. 

Seguimos apareciendo caminando y hablando. Ahora por una calle identificada y con la presencia material del perro grande. 

Nos detenemos en una parada de colectivo sin número de línea, pero pienso en 124. La cola de futuros pasajeros es tan larga que no puedo ver dónde termina. Caminamos, siempre hablando, por el costado, con la intención de ponernos al final. El perro grande, John Cusack y yo, sabemos que la cola tiene un último y vamos, seguros, a pararnos detrás de él. 

En el camino, observo que los integrantes son todas mujeres jóvenes. Muy modernas, o cool, o chics, al estilo de Anita Álvarez de Toledo o Leonora Balcarce o Cloé Bello. Bien rubias todas, flacas, de piernas interminables, con minishorts diminutos, apenas unos toques de brillo y maquillaje de sirenas. 

Llegamos al final, miro hacia adelante y veo que la cola de Anitas, Leonoras y Cloés dura media cuadra, menos de lo que parecía desde la perspectiva contraria. 

Dejamos de caminar pero no de hablar y nos paramos a esperar que llegue el colectivo. Simultáneamente, un móvil rojo con letras blancas y números negros estaciona en la parada. Chupa a toda la cola de una vez. Digo chupa porque al mismo tiempo que para ya estamos arriba del carromato. Digo carromato porque es una unidad vieja, como las que circulan por la ciudad con los colores y el número de la línea, pero con la palabra AUXILIO en letras bien grandes. 

Una vez arriba veo a la troupe de Anitas, Leonoras y Cloés. Cada una parada detrás de un atril con partituras musicales, tocando instrumentos de lo más variados que, pienso, pertenecen a la familia de los vientos. Pienso en vientos porque a partir de ese momento dejan de ser Anitas, Leonoras y Cloés para convertirse en las musas multideseadas que acompañan a Björk en sus presentaciones raras y súpercool, mucho más cool que las Anitas, Leonoras y Cloés. Tocan una música que no suena linda ni agradable, que no entra por los oídos sino por el ombligo y se desparrama, desde ahí, hacia mi centro. Quiero temblar pero John Cusack y yo seguimos hablando, y el perro grande parece morirse de ruido. No me preocupo por su agonía. No siento culpa por no preocuparme. 

El colectivo se detiene en la siguiente parada. No hay cola. Sólo una mujer con una perra chiquita. Me doy vuelta a mirarla. La veo y suelto el temblor contenido. No tiemblo por la música (que en ese instante dejo de escuchar). Tiemblo por otra razón: es Diane Lane. 

Por primera vez en el sueño tengo celos. Presiento que Diane Lane y John Cusack se van a flechar. Presiento que el perro grande y la perra chiquita se van a flechar. Sé que ambas parejas humano-can, cada una por su lado, van a llorar mirando Cinema Paradiso, añorándose. Entonces me veo dejando de hablar y tomando la manga del impermeable de John (ya no le quiero decir John Cusack, quiero formar parte de su intimidad por celos de Diane Lane). Bajamos en la siguiente parada, que aparece justo cuando yo tironeo la manga. 

Estamos esperando otro colectivo sin número de línea pero pienso en 67 porque sé que estamos sobre Callao a la altura de Barrio Norte. Lo sé, quizá por el despilfarro de iluminación, quizá porque es un sueño. 

Subimos al colectivo que esta vez no nos chupa, nos hace subir dos escalones y apoyar mi SUBE tres veces sobre el escáner, porque John y el perro grande no tienen SUBE. Este colectivo tiene interior de colectivo, no de recital, y está casi vacío. 

John y yo volvemos a hablar de lo más naturalmente. El único pasajero además de nosotros es un señor canoso, sentado en la hilera de asientos individuales. Está leyendo un libro gordo y pesado con la mirada baja. Levanta la vista y lo veo: es John Malkovich. No me sorprendo. Es simplemente una noche de Johns. Nos sentamos en la parte de atrás los cuatro: John Cusack (ya no siento la necesidad de intimidad ni celos de Diane Lane), el perro grande, John Malkovich, y yo. 

Algo raro pasa, John Malkovich le hace una escena de celos a John Cusack. El motivo parezco ser yo. Claro, pienso, no es el verdadero John Malkovich, es la esposa de John Cusack que quiere ser John Malkovich, por supuesto, cómo no me di cuenta antes. Detrás de esa máscara de señor grande está ni más ni menos que Cameron Díaz. La oleada de celos retoma su circuito habitual que ni en sueños deja de ser desproporcionada. Vuelvo a dejar de hablar y a tironear de la manga del impermeable de John Cusack (y odio tener que apellidarlo porque vuelvo a querer ser íntima pero tengo que distinguirlo del otro John, que no es John sino Cameron). 

Bajamos en plena Av. Luis María Campos. A esta altura la distingo tan sólo porque en los sueños las verdades son reveladas y punto. Pero resulta que ahí, en Luis María Campos y Gral. Chenault, bajamos todos: John Cusack, el perro grande, John Malkovich, y yo. Me quiero deshacer de John-Cameron pero no encuentro ningún túnel donde devolverlo/a a la película de donde salió. 

Entonces miro al otro lado de la calle y lo veo: es mi amor imposible del mundo real. Está saliendo de un colectivo con la troupe de Anitas, Leonoras y Cloés, ancho entre la amazonía rubia, flaca, de piernas interminables, con minishorts diminutos, apenas unos toques de brillo y maquillaje de sirenas. Y acá sí que si me someten a un estudio de sueño me diagnostican epilepsia por el volumen de la convulsión que me sacude. El perro grande empieza a ladrar como loco. Desde mi inconsciencia lo quiero, ya no me es indiferente. Agradezco su extrema sensibilidad de perro y desconvulsiono. 

Me concentro en hacer desaparecer al conjunto de intrusos de la vereda de enfrente. Hago tanta fuerza que Cameron Díaz deja de querer ser John Malkovich y se acuerda de Jude Law en su papel de Graham en Holliday. En ese momento me llega una frase que escuché de algún hombre que no recuerdo estando despierta: “A las mujeres les gustan los hombres con contexto”. Lo decía porque yo prefería a Jude Law viudo, enamorado y llorón en Holliday, y no donjuán, falso y seductor en Alfie. “A mí Megan Fox me gusta siempre”, agregó. 

Mientras trato de recordar al hombre que me hablaba despierta de lo buena que está Megan Fox en cualquier contexto de película que haga, en la intersección misma de Luis María Campos y Gral. Cheanault se hace presente un Jude Law perfecto, con lágrimas en los ojos y una declaración de amor en la punta de la lengua. Suficiente para imantar a todas las Anitas, Leonoras y Cloés, que cruzan la calle en términos de nanosegundos, gracias a sus piernas interminables y a mis poderes oníricos. 

Cualquier incauto podría decir que fue un acto de magia, les digo que fui yo: Mi amor imposible del mundo real desapareció. Prefiero evaporarlo a tener que verlo rodeado de Anitas, Leonoras y Cloés. 

Sólo quedamos el perro grande, John Cusack y yo, que seguimos hablando quién sabe de qué.


Luciana Cáncer.




viernes, 14 de diciembre de 2012

fiebre

Te extraño
tanto que
me puse
el vestido que
me regalaste,
y me olvidé
de lo cortito
que es,
y no tuve 
en cuenta
al viento,
y se me vuela,
y muestro
la bombacha 
en la avenida,
y me da fiebre;
pero no del frío 
que tomé con el 
vestido corto:
es fiebre de
extrañarte.

viernes, 7 de diciembre de 2012

foto

Entonces
me sorprendió
tu foto
y sin querer
la acaricié
con el mouse
de mi
computadora.

domingo, 18 de noviembre de 2012

eugenia alicia (o jennifer del estero)

Eugenia Alicia es su nombre.
Cuando nos conocimos yo
solía tener conductas de vegetal;
siempre y cuando los vegetales
vivan en estado de anestesia total.
Un día me invitó a pasar el
fin de semana en su departamento
de la calle Billinghurst,
"podés ocupar el cuarto
más lindo de la casa" dijo;
y fui ese fin de semana y
todos los que siguieron.
Me enseñó a escuchar
los himnos del Indio Solari,
los rockandrolles de los
Stones y de Los Piojos,
las poesías de Joaquín y
la magia de Charly.
Nos hipnotizamos frente
al televisor la mañana que
murió Lady Diana, y lloramos.
Otro día me dijo que
nos mudáramos juntas,
entonces nos fuimos a vivir
a un departamento en la calle
Aráoz.
Una vez por semana,
asistimos a un ritual de nombre
Agrandadytos y nos morimos
de ternura cuando un precoz
mago Lalo se sorprendió de su
propia magia al grito de "¡Un pájaro!"
ante la aparición de una paloma
blanca debajo de su galera.
Una noche de sábado decidimos
incursionar en la noche de
San Telmo: entramos en un
subsuelo tugurioso lleno de
hombres, tomamos cerveza en
vaso plástico de cumpleaños
y sembramos una ola de carcajadas
cuando la mejor actriz de la ciudad
recreó a una fan de Ricky Martin
vociferando una y otra vez
"¡Qué lindo tema Ricky!"
estirando mucho la última y.
Un viernes de julio, nos
pusimos todo y fuimos a
La Trastienda a ver a los
Kuryakis. Yo miré y bailé
desde el costado derecho,
ella, whisky en mano, me
dijo  "voy adelante de todo
para que me vea Emmanuel";
una hora más tarde volvió
feliz, sin aire y transpirada.
La noche terminó en el baño
del Café Tortoni con su
promesa de no volver a tomar
whisky nacional.
Desde entonces yo fui
Hermoza from Heaven y
ella Jennifer del Estero.
En cuatro años, Aráoz nos
desgastó. Me fui de viaje.
Cuando volví me amenazó de
muerte; "te voy a tirar por el
balcón" me dijo con ojos
de fiera, y le creí.
En 30 minutos estaba en la
casa de mi prima con toda
mi ropa, mis libros y mis discos.
Dos años después ella y su
novio me socorrieron de un
grave estado de ebriedad en
el casamiento de una amiga.
En ese acto zanjamos diferencias
para siempre jamás.
El mismo novio de entonces
me invitó sorpresa al back
de Dante Spinetta en Niceto.
Ella arrancó un póster de la
pared y tocó la mochila de
Ricardo Mollo. "Nunca más"
dijo él.
Volvimos a las andadas.
Nos reímos en el carnaval
de La Pedrera bailando
al son del caminante lunar
con un oso panda y un oso
marrón. (Esa noche se
enamoró de un chico por
sus pestañas).
Nos hicimos fans de Max
Capote en un bar de La Paloma,
con baileys, corridas de
colectivo, fotos y videos.
Fuimos mucho al cine,
sufrimos como nunca con
la vida de Edith Piaf y
alabamos con fervor cada
estreno de Pedro Almodóvar.
Nos enrolamos en el
club de fans de Calle 13
una tarde de otoño en GEBA
mientras René Residente
nos presentaba su torso
tatuado y su lengua indómita.
Se hizo bailaora y me llevó
a conocer tablados y gitanos.
Me enamoré de un cantaor
con ojos hondos y turcos de
nombre Geromo y de apellido
Amador (él no lo sabe,
nunca le hablé, sólo lo miré
fuerte cada vez que lo vi).
Me invitó a ser amiga de
cada una de sus amigas
porque es generosa y
sabe compartir.
Fuimos a Colombia en un
vuelo de Avianca con
valijas enormes, cámaras
de fotos y emoción.
Recorrimos Bogotá con
un paraguas amarillo, compró
medio Zara y me sacó fotos
de book.
Conocimos la gloria:
la gloria se llama Andrés
carne de res y vive en Chía;
bajo una lluvia de corazones
rojos de papel barrilete le
exigió una foto a su actor
preferido mientras mi dedo
temblaba apoyado en el
botón de disparar.
Fuimos a una isla del caribe
con hotel de pulserita, turistas
felices y nativos tristes.
Pidió un cambio de habitación
por ruidos molestos, nos
mudamos. Hicimos una
excursión en una lancha
precaria de nombre Stefány.
A la hora de volver, se peleó
con un hombre de dos metros
por uno como si fueran, ella y él,
del mismo tamaño. A bordo,
inquirió al lanchero que fuera
con cuidado porque "¡acá
viaja una familia señor!", mientras
se agarraba de mi brazo flaco
buscando protección. Nos
hicimos amigas de un taxista
que nos llevó de compras al
centro bajo su desesperada
consigna de "¡¿Dónde hay
perfumes!?" Compró 4 ó 5
botellitas. En el hotel entró
en pánico cuando se probó
un carísimo Jean Paul Gaultier
con olor a vencido y color
de pis denso. Entonces salió
con el taxista amigo a cambiarlo
y volvió con cara de haber
recuperado el sentido de
la vida. Volamos desde
San Andrés a Bogotá en
primera clase por puro
culo. Ella se acomodó en
el rol de ejecutiva y exigió
que cierren la cortinita y
whisky para tomar.
Ahora es una nueva rubia y
su cuerpo sigue teniendo la
cualidad de muy abrazable.
Hace un año y un poco más
se enamoró de un hombre.
Se casará el 30 de noviembre.
Seré testigo de su boda y
madrina de alguno de sus hijos.
Eugenia Alicia es el nombre
de mi quinta hermana.
No nacimos de la misma
madre, mucho menos del
mismo padre; nos encontramos.





domingo, 11 de noviembre de 2012

el amor, segunda parte

Es viernes 9 de noviembre.
Estoy contenta. A mediodía
corto el trabajo para ir a Lobos
al cumpleaños de mi sobrina.
Diluvia en Buenos Aires.
Se inundan Saavedra, Coghlan
y Belgrano.
El remís que tengo pedido no
puede venir a buscarme
(la señorita me dice que la agencia
está inundada. Odio a la señorita).
Los radiotaxis no atienden.
Ya no soy feliz.
Tengo ganas de matar y
angustia.
Necesito cruzar la capital
inundada en menos de una hora.
Una vez más sufro por no haber
nacido en la era de la
teletransportación.
Mi compañero me hace chistes
(quiere descontracturar
mi mal humor),
le digo que lo odio.
(descargo mi ira con él).
Insiste.
Me dice, conciliador,
si no tengo a nadie que
me pueda venir a buscar.
Me indigno.
Le digo "¡¿quién me va a venir
a buscar al orto del mundo?!".
Dramatizo:
"¡Soy sola!".
Cierro el informe semanal:
"y muchas cosas más pero
si no me voy ahora no voy
a llegar porque el remís no
viene por la lluvia."
(me abstuve de agregar
"quiero llorar".)
Me voy con un portazo
dedicado a los chistes poco-tacto
de mi compañero a quien
sigo odiando.
Salgo a la lluvia con vestido,
sandalias y ninguna campera.
Camino 5 cuadras hasta una
parada de colectivo.
Me pongo una chalina en la
cabeza con ilusión de
impermeable.
Subo al 67.
Fluye.
Belgrano no está inundado.
Fluye.
Atraso la combi una hora.
Fluye.
Medio me tranquilizo y
me siento basura por descargar
mi ira con mi compañero
que es el más bueno del mundo.
Le aviso por mensaje de texto
cómo va todo.
Me contesta buena onda
porque es el más bueno del mundo.
Bajo en el corazón de Recoleta
con veredas de baldosas grandes,
lisas y resbalosas.
Me saco las sandalias.
Camino 5 cuadras en patas,
con juanete en pie ezquierdo,
chalina no impermeable en la cabeza,
sandalias en la mano
y baño de lluvia sobre mí.
Pienso que si lo cuento
no me creen.
Entro a mi casa.
Pongo el disco nuevo de
Seba Ibarra que suena sin parar
desde el miércoles a la noche.
Me quiero transportar al país del
optimismo pero no quiero contar
los pollos antes de nacer.
Me baño.
Canto en la ducha con
Seba Ibarra.
Salgo casi definitivamente
optimista.
Seco la ropa mojada con el
secador de pelo.
Me alisto.
Apago la música hermosa y
vuelvo a salir a la lluvia
(esta vez con piloto).
Un taxi da la vuelta en
Rodríquez Peña cuando estoy
saliendo a la vereda.
Pienso que la suerte se está
poniendo de mi lado.
Llego a Lobos Bus con media
hora de anticipación.
Le escribo a mi compañero las
novedades y los perdones en
tono de chiste.
Su respuesta me reconfirma
que es el más bueno del mundo.
No quiero ponerme del todo
feliz; pienso en mil imprevistos
posibles para evitar instalarme
en la comodidad del optimismo.
Leo.
Termino Dulce compañía
de Laura Restrepo y empiezo
Los días de la noche
de Silvina Ocampo.
No quiero respirar fuerte
para no atraer calamidades.
Llego. Mi hermano me está
esperando.
Amo a mi hermano.
Llegamos al salón de la fiesta
de mi sobrina.
Sigo aturdida.
Un abrazo enorme de unos
bracitos mínimos me despierta.
Rebobino en mi mente y veo a
mi sobrino de dos años
venir corriendo a abrazarme.
Me abandono.
Me acomodo.
Me relajo.
Me entrego.
Pienso otra vez que
ser tía es más lindo
que el sol.

domingo, 4 de noviembre de 2012

es domingo santo

Es domingo santo.
Arrivo a Buenos Aires
a las 8:03AM.
Espero al remís que no
entendió nada del horario
que le pasé ayer por mensaje
de texto.
Tomo dos cajitas de cindor,
cuestan más pesos que mis
últimos 6 euros.
Me pesan las ojeras
(soy más ojeras que yo).
Me suena el celular.
"Hola soy Luis,
hace media hora que estoy".
Odio a Luis por la
media hora de espera
que me va a cobrar.
Me odio por no tener
compulsión de llamar,
de verificar,
de comprobar.
Dejo que Luis y su flacura
carguen mi valija de 51kg;
lo castigo.
Me entreduermo durante
casi todo el viaje.
Llegamos.
Me arrepiento un poco
de ser mala y le cuento que
España es muy lindo pero
que extraño mi casa.
Le doy un beso con
cara de perdoname,
ya sabés que soy medio
bruja; me sonríe y
se va.
Subo.
Me desnudo y me baño
con los ojos cerrados.
Me meto en la cama
sin ropa; las sábanas
huelen a suavizante.
Amo a Niní por entender
mi mensaje de texto
y cambiarme las sábanas.
Sueño con olor a mariscos,
grúas amarillas entre picos
inconclusos de la
Sagrada Familia
y ruido a señoritas de
estaciones de tren que
dan avisos por altavoz
en catalán.
Me levanto.
Me pongo ropa de verano
que me tape las
piernas sin depilar.
Salgo.
Camino cinco cuadras en
pendiente por Rodríguez Peña.
Respiro Buenos Aires.
Lleno mis pulmones del
smog de Buenos Aires
y del olor a café expreso
del bar porteño que no
combina con el barrio
paquetón adonde vivo
y es como un grano insolente
y precioso
entre dos locales de ropa
importada de señoras.
Entro al supermercado.
Mientras pago
decido ir al cine a
ver una de Jorge Drexler
y Valeria Bertuccelli
que acaba de estrenar.
Me siento en la sala
(somos cuatro más y yo).
Es domingo santo.
Soy feliz.
Estoy en casa.


martes, 30 de octubre de 2012

Olga Amanda Lucía

Olga Amanda Lucía
era el nombre de mi abuela,
pero los nietos le decíamos mama.

Era alta, siempre con zapatos de señora, marrones o negros.
Tenía los ojos celestes como cada uno de sus tres hermanos.
En invierno se vestía con polleras, blusas y saquitos.
En verano con una única prenda cómoda y fresca: la bata.
Cuando salía, en lugar de cartera,
usaba un sobre debajo de la axila para llevar la plata
y una bolsa de red con manijas de plástico para los mandados.

No se reía casi nunca,
ni aunque estuviera contenta.
Su cara estaba siempre seria o fruncida de labios.
A veces daba miedo.
Yo creo que no quería aflojarse
porque extrañaba mucho a uno de sus hijos que vivía lejos.

Me daba leche chocolatada con bombilla de mate.
Me ayudaba a ponerme el guardapolvo de jardín.
Me llevaba, a veces también me iba a buscar.
Cuando empecé la primaria se mudó a vivir a mi casa.
Cada mañana íbamos a la panadería de Pancho
a comprar 3 facturas para el colegio:
yo siempre elegía 2 tortitas negras y 1 pan de leche.
Cuando me encapriché por cambiarme de
grupo de catecismo, organizó partidos de canasta
en la casa de su cuñada, a la vuelta de la parroquia,
para que yo no tuviera que volver sola de noche.
Entonces me esperaba entre cartas de pocker,
té y masas finas, y volvíamos juntas.

Decía que lavar mi cabeza era más difícil
que lavar una frazada,
sin embargo le gustaba cepillarme el pelo
antes de dormir.

Miraba todos las ediciones del noticiero
(ella le decía informativo),
Grandes valores del tango,
La botica del ángel,
Hola Susana,
Domingos para la juventud
y algunas novelas
(yo la acompañaba con Susana y las novelas).
Mientras tanto tejía.
A veces venía su mejor amiga a tejer con ella,
otras una vecina para que le corrigiera el tejido.

Dormía siestas en el sillón del living
tal como hacen hoy sus dos hijos mayores.
Cada noche se acostaba con una radio vieja
debajo de la almohada,
tal como hace hoy su nieto número cuatro.
Se perdía por la crema chantilly,
comía de a cucharadas directo del bowl,
tal como hace hoy su bisnieta número uno.

Fue maestra y directora,
primero en el campo y después en la ciudad.
Odiaba el peronismo porque la obligaron
a afiliarse al partido para poder trabajar.
Odiaba las cosas injustas, por eso cortaba
el teléfono cuando llamaba mi papá
(había desarrollado una extraña velocidad
para atender el teléfono primero que nadie).
Odiaba la violencia, por eso le exigió a mi mamá
que no me deje ver La noche de los lápices.

Se teñía el pelo.
Un día se enfermó y le dejó de crecer,
hasta que le empezó a crecer de nuevo,
mucho y hermoso,
de color gris casi blanco.
Entonces dejó de teñirse.
También dejó de correr al teléfono cada vez que sonaba,
y de cocinar las papas fritas gordas
con cáscara crocante y blanditas por dentro
que eran las más ricas del mundo,
y desde su trono matriarcal
pedía un vasito de agua fresca para tomar el remedio
que mi hermana o yo le dábamos en un
vaso color ámbar marca pírex.

Me enojé.
Me enojé con ella y con el mundo.
Me enojé porque ya no podía ocuparse de mí.

Un 12 de marzo de 1989 me despertó mi mamá
y yo ya sabía lo que me iba a decir,
y me vestí con una shumper de jean celeste prelavado,
y una camisa rosa clarito con cuello blanco,
y un saquito de lana tejido a mano
color lila jaspeadita con otros colores
pero predominantemente lila,
y medias blancas,
y zapatos de colegio,
y fui a despedirla.