miércoles, 16 de julio de 2014

Consejos para mirar el mundial

FASE DE GRUPOS


Previa

Vas a estar alejada del fútbol porque el fútbol no te interesa. No vas a conocer los nombres de más de la mitad de los jugadores, a menos que hayan jugado en el mundial anterior o que se hayan destacado en algún escándalo digno de Intrusos a causa de sus relaciones amorosas con chicas mediáticas. Ni siquiera te vas a preguntar cómo fue que te desentendiste tanto de la selección nacional, por qué no viste las eliminatorias, en qué momento te volviste tan ausente. Igual, para tomar contacto, vas a hacer una torta de chocolate con decoración de confites celestes y blancos para tus sobrinos y para los hijos de tus amigas. 


Primer partido

No vas a ver completo el primer partido, vas a seguir el primer tiempo por Twitter y el segundo por televisión. Una muestra chiquita de nervios, como un recuerdo que se desentumece, te va a empezar a pinchar la zona abdominal. Argentina va a ganar con un gol de un desconocido y un gol del mejor jugador del mundo. El mejor. Vas a sentir alivio cuando el mejor marque su gol, porque sos compasiva, querés que el chico se quite un poco de presión, el chico tiene toda la presión del mundo encima. El cantito de cancha típico, el alentador, el vamos, vamos, habrá perdido protagonismo, reemplazado por otro mucho más bardero, tirado en contra del rival histórico. Te va a gustar porque va a ser muy contagioso, basado en una canción muy popular de rock norteamericano, pero no te vas a subir a la euforia de cantarla hasta mucho después. Como lectura mundialista vas a elegir crónicas literarias, vas a pensar que las columnas de periodistas deportivos son demasiado formales, aburridas. Antes del segundo partido de Argentina vas a ver eliminado por goleada al último campeón, te va a dar un poco de pena por los jugadores, nada más. 


Segundo partido

El segundo partido lo vas a ver entero, sola, en tu casa, en compañía de tu computadora. Te vas a indignar con el abuso de sarcasmo y mala leche de las estrellas de Twitter que se creen que la ironía es un gran valor. Vas a dejar de seguir a unos cuantos. Las redes sociales, los comentaristas de la transmisión y los periodistas deportivos mostrarán un gran consenso sobre la mala actuación del equipo y del entrenador, por momentos más del equipo, por momentos más del entrenador. Lo de siempre. Vas a necesitar contrarrestrar la pelota de mala onda expansiva de críticas que considerarás destructivas y vas a opinar de fútbol en las redes, sí, creeme, lo vas a hacer. Argentina va a ganar en el último minuto con un gol del mejor jugador del mundo. Otra vez vas a ser feliz por él, por la cuota de presión que descargó después de un cero a cero que parecía impenetrable. Vas a empezar a escuchar a Juan Pablo Varsky con más atención. Para matar el tiempo hasta el tercer partido, vas a mirar partidos de otras selecciones: Inglaterra, Italia, Estados Unidos, Corea del Sur, Portugal, México, cualquiera te va a venir bien. Vas a empezar a familiarizarte con conceptos que habías olvidado: Man of the Match, Zona mixta, Tiro desde el punto penal (no penal, a secas) o Terna arbitral.


Tercer partido

Vas a seguir la rutina y al tercer partido también lo vas a ver sola, en tu casa, en compañía de tu computadora. Argentina va a arrancar ganando con otro gol del mejor del mundo. Las redes sociales y los comentaristas de la transmisión le van a dar tregua a la mala onda porque lo único que les va a gustar es que el equipo sea ofensivo. Algunos llegarán a adjudicarse como propios los cambios planteados por el entrenador, “Entendió lo que todos pedimos, lo que es mejor para el equipo”, van a decir. Por un rato, el partido va a ser una ida y vuelta de gol, empate, gol, empate, gol. El segundo gol de Argentina también será del mejor del mundo. No vas a ser capaz de darte cuenta de que es diferente, de que es, justamente, el mejor, porque se va a mover como pez en el agua, para vos van a ser movimientos fluidos, naturales, sin ostentaciones, como son todas las cosas cuando están bien hechas. El tercer gol será del desconocido del primer gol del primer partido, que, para esa altura, ya habrá dejado de ser tan desconocido. Vas a estar contenta, completamente instalada en la fiesta mundialista. Argentina será primera del grupo. El rumor colectivo de detractores va a decir que Argentina tuvo el grupo más fácil de la copa, que le tocó jugar con los peores y no pudo golear a ninguno. La sed de goles los va a tener a mal traer. De este partido saldrá un sex-symbol morocho, de pasado estético dudoso y con muchos tatuajes en el cuerpo. Vas a gustar un poco de él, sobre todo por su desfachatez. Vas a conocer la palabra “meme”. Si no la recordás, refiere a las fotos y videos trucados destinados a divertir, son chistes. El jugador sex-symbol va a protagonizar unos cuantos, incluso se va a atrever a tirarle dos chorritos de agua a la cara del entrenador. Esto no lo dije antes: el entrenador va a ser serio y de perfil bajo. Eso te va a gustar. No te gustan los mandaparte.


OCTAVOS

Vas a sufrir. Los nervios van a pasar de muestras punzantes en la zona abdominal a contracciones de verdad. Como cada vez que se te juegan cosas importantes, vas a revivir la sensación de miedo que te descompensaba los fluidos antes de cada partido de Pelota al cesto de las Gimnasiadas de secundaria, cuando eras atacante y tu función era embocar la pelota todo lo que pudieras, confundir a las marcas, estar atenta a los rebotes y ejecutar los saltos que ganabas por alta. Otra vez vas a ver el partido sola, en tu casa, en compañía de tu computadora. No vas a ser la excepción en eso, como todos, vas a necesitar aferrarte a pequeños rituales. Como no vas a tener camiseta celeste y blanca ni gorro o vincha, te vas a pinchar la escarapela en el pullover. Va a ser un partido duro, “cerrado” dirán los expertos, “horrible” dirá el rumor colectivo de detractores. Va a haber alargue (¿te acordás de eso?, dos tiempos suplementarios de 15 minutos cada uno). No lo vas a mirar. No vas a dar más. Vas a cambiar de canal para intentar distraerte con informes acerca de la evolución de algunos participantes del concurso de baile más famoso de la televisión. Un grito de gol te va a cortar el sufrimiento cuando falten sólo dos minutos para que termine el partido. Vas a volver a sintonizar para ver la repetición. Va a ser así: el mejor jugador del mundo le va a pasar la pelota de manera verdaderamente formidable a un jugador de nombre bíblico, muy reconocido por su rendimiento futbolístico y por su cara fea (a vos no te va a parecer tan feo). Y esta parte va a ser hermosa: el autor del gol va a correr mirando hacia la tribuna con las manos dispuestas en forma de corazón; sé que te va a encantar eso. Tomá nota, esto es importante: a partir de esta instancia vas a necesitar, cada vez con más frecuencia, buscar el canal histórico de los torneos y competencias para revivir el triunfo, escuchar las conferencias de prensa y otras cosas por el estilo. Vas a seguir leyendo las crónicas literarias mundialistas pero no te van alcanzar, estarás ávida de más, entonces vas a empezar a recurrir a columnas de especialistas en canchallena.com que, en pocos días, se habrá convertido en el sitio más visitado de tu historial de Google Chrome. Sí, canchallena.com. Vas a mirar casi todos los partidos de octavos, te lo tengo que decir. Escuchar a Juan Pablo Varsky cada mañana se va a convertir en una obligación. Lo vas a sentir afónico y esperanzado. Entredormida, con su voz de fondo, vas a soñar que te pusiste de novia con él.


CUARTOS

El día del partido de cuartos te vas a despertar con un coro de sonidos de whatsapp. Tus amigas de secundaria van a armar un grupo al que denominarán Costa Esperanza en honor al nombre de una tira adolescente sobre un grupo muy grande de amigos. Tu grupo va a tener catorce miembros. Van a decir que quieren que comenten juntas el partido como si estuvieran otra vez en Italia ’90. Va a sonar de manera intermitente con muchos comentarios no referidos al mundial, y, eso sí, fotos de las previas con todos los hijitos preciosos decorados de celeste y blanco. Cuando empiece el partido vas a sentir que las querés mucho pero que necesitás silenciar el grupo porque no podés seguir el hilo de las conversaciones cruzadas. Cada tanto, muy cada tanto, vas a intervenir con algún emoticón para que sepan que estás viva y que seguís formando parte de Costa Esperanza. Una vez más te vas a sentar frente al televisor con tu computadora sobre las piernas y la escarapela pinchada en el pullover; esta vez con bastante anticipación para empaparte bien de la previa televisada. Vas a twittear que estás sufriendo mucho, muchísimo. Vas a escribir, incluso, que no tenés recursos psicológicos para soportar el partido de cuartos, sobre todo porque, según vas a escuchar, este será el partido decisivo. Vos no te vas a acordar así, de manera indeleble como los fanáticos de verdad, que Argentina llevará más de veinte años sin superar el partido de cuartos, pero a partir de ese día la cifra se quedará instalada en el ambiente como la marca de hierro caliente en el culo de las vacas. Argentina va a arrancar ganando con un gol del jugador número 9. Un goleador marcará su primer gol de la copa en el quinto partido y el rumor colectivo de detractores va a decir que por fin, que ya era hora, que el culo le pesa y otras cosas así. En la jugada van a participar el mejor del mundo y el jugador que festejó el gol del partido anterior con sus manos dispuestas en forma de corazón. Este partido le va a costar una lesión, va a dejar la cancha llorando, vos también vas a llorar. No vas a poder terminar de mirar porque, otra vez, no vas a dar más. Vas a seguir el final por Twitter. Argentina va a ganar el partido de cuartos por primera vez en más de veinte años, la cifra fatal, la marca superada. Vas a volver a sintonizar para ver la escena. Va a ser así: los jugadores, por primera vez en la copa, van a festejar con los hinchas, van a cantar la canción contagiosa que bardea al rival histórico, van a llorar, van a saltar, van a revolear las camisetas, se van a desahogar, todos, el mejor del mundo también se va a desahogar y vos vas a estar feliz por él otra vez, porque va a descargar otra cuota de presión en ese festejo. Te vas a emocionar. Vas a hablar de fútbol con otras personas, con el encargado de tu edificio, con tu psicólogo, con uno de tus clientes. Sí, creeme, lo vas a hacer. Te vas a quedar pegada al canal de los torneos y competencias hasta que termine el mundial. A partir de este partido, el rumor colectivo de detractores va a insistir con la teoría de que el mejor del mundo no aparece, le van a tirar gerundios como “palideciendo” o “desluciendo”, y todos los elogios van a ir a parar al número 14 al que bautizarán como León, o Jefe, o Capitán sin cinta. Vas a dejar de escribir. Vas a dejar de trabajar. Pero te vas a perdonar la improductividad porque Argentina va a estar entre los cuatro mejores del mundo. 


SEMIFINAL

La primera semifinal la jugará el rival histórico de Argentina contra un equipo que va a salir a la cancha con ánimo de matar. El rival histórico va a perder por una goleada también histórica. La pelota va a entrar en el arco muchas veces en muy pocos minutos mientras la cámara muestre a los hinchas desconsolados, desconcertados. Te vas a conmover, a vos no te gusta ver gente llorar. Los jugadores van a querer irse rápido de la cancha para no seguir recibiendo goles y la horda fanática de argentinos va a multiplicar orgasmos de 140 caracteres por la humillación del rival histórico. Vos te vas a indignar otra vez. Vas a decir que no te gustan las burlas y las burlas te las vas a comer vos.
Al otro día, vas a ver la semifinal de Argentina con algunas amigas en la casa de una de ellas. Te va a costar la decisión de salir de tu bunker. Vas a estar muy acostumbrada a sufrir los partidos en soledad, a ser libre para cambiar de canal o para poner música fuerte cuando los nervios no te dejen mirar más. Pero después vas a entregarte al ritual de compartir la experiencia con personas, no con redes sociales. Vas a llegar a ese momento con mucha esperanza, habiendo rescatado de tu memoria algunas imágenes de México ’86. No muchas, no vas a querer envalentonarte, vas a ser cauta, vas a querer ir partido a partido, igualito que el entrenador de la selección. Del partido vas a ver sólo cinco minutos. No vas a soportar la tensión del cero a cero infinito. Eso sí, lo vas a escuchar con el bebé de tu amiga en brazos jugando a hacer morisquetas frente al espejo y diciéndole al oído que no se asuste cuando todos griten gol. Vas a confiar. Vas a tener algunos momentos de respiro: cuatro descansos entre tiempo y tiempo de juego, antes de los penales. En cada uno de esos descansos, el pulmón de manzana de Barrio Norte se va a llenar de música de trompetas. Vas a soltar al bebé y vas a salir a ver la escena increíble. Va a ser así: dos chicos trompetistas van a tocar primero el himno nacional, después el himno bardero del mundial, después el himno clásico alentador vamos vamos y al final el cantito del sentimiento nacional que no puede parar. Los otros balcones de todo el pulmón se van a poblar de a poquito en el primer descanso, en los otros van a salir todos a la vez, como un gran ritual colectivo. Van a cantar, a golpear cacerolas, a revolear banderas. Vas a cantar vos también el himno bardero porque ya no te va a importar más alentar a tu equipo criticando a los demás. Te vas a rendir, vas a querer formar parte de todo eso. A los penales te los vas a bancar, abrazada en media luna con todas tus amigas. Vas a gritar los cuatro goles de Argentina y las dos atajadas de tu arquero gigante vestido de amarillo. El bebé de tu amiga va llorar de susto con cada grito. Al final, el concierto de trompetas va a estallar por última vez. Te vas a enamorar de ese momento y vas a soñar con Argentina campeón.


FINAL

Acá sí vas a soltar la cautela. Vas a repasar en tu mente todas las escenas que recordás de la final de México ’86. La casa de Enrique con tus primos, el living grande con olor a madera y a blem, las facturas de Vilano, el doverman corriendo frenético y rascando los vidrios del ventanal grande absorbiendo la adrenalina del ambiente, el empate del segundo gol de Alemania, Adriana confinada a la cocina con el título de mufa, el festejo del gol de Burruchaga, las vueltas en el centro todos trepados en la chata de Mariano, las bocinas, el papel picado, el trabajo del colegio que hiciste con Mariela, ese que encarpetaron en tapas de cartulina recortadas con la forma de México. ¿Sabés qué te va a pasar? Vas a recuperar una sensación, un significado, pero no vas a poder describirlo. Ojo, esto no te va a pasar solamente a vos. Va a crecer y se va a desparramar con la velocidad de un virus. Los creativos de las redes van a lanzar al espacio cibernético un sinnúmero de compilados emotivos que vas a mirar con avidez y lágrimas. Te vas a detener especialmente en uno que va a mostrar una edición hermosa de coincidencias entre México ’86 y los partidos de este mundial con la voz de Gustavo Cerati cantando lo que vos y todos van a querer escuchar: Similitudes que soñás / lugares que no existen vuelves a pasar / vuelve la misma sensación / esta canción ya se escribió / cerca del final / sólo falta un paso más / siento un deja vu / deja vu. El canal de los torneos y competencias va a ser tu música de fondo, de día y de noche, durante los tres insomnios que vas a tener que atravesar, muerta de ansiedad. Vas a leer todos los links que tengan que ver con el último partido. El rumor colectivo de detractores va a poner pausa por unos días, hasta te va a parecer que se transformó en esperanza y súplica y pedidos de perdón. Eso sí, todavía van a seguir esperando el milagro del mejor del mundo y desconfiando del equipo. Entonces, para contrarrestar, vas a entrar a sport.es porque en Barcelona querrán que gane el equipo del mejor del mundo y hablarán bien de Argentina.
Vas a ver la final en la misma casa de Barrio Norte donde viste la semifinal para repetir la misa de trompetas y cacerolas del pulmón de manzana. Vas a confiar. Vas a mirar el partido con el bebé de tu amiga durmiendo sobre tu panza. Te lo vas a bancar. Vas a gritar un gol del jugador número 9 que no fue, fijate bien que va a estar adelantado. Vas a confiar. Vas a ver al mejor del mundo esforzarse por quitarse del todo la presión que tiene encima, va a tener arcadas, va a vomitar como si nada, como si fuera normal, en dosis de escupidas blancas aerodinámicas y prolijas para no preocupar a la montaña de presionadores. Argentina va a perder cuando falten sólo siete minutos para que termine el partido. Te lo tengo que decir. Va a ser así. Vas a seguir mirando un ratito, con dolor, a vos no te gusta ver gente llorar. Vas a apoyar todas las muestras de agradecimiento de las redes sociales, vos también vas a agradecer. Vas a querer que el rumor colectivo de detractores no presione play pero será inevitable. Parece que el fútbol es así.

viernes, 27 de junio de 2014

Podría decirle a un taxista curioso que soy repostera

Podría decirle a un taxista curioso que soy repostera. Aprendí en la escuela de Osvaldo Gross, diría si mi interlocutor tuviera curiosidad culinaria, mi sueño es viajar a Brighton para modelar flores de chocolate en una pastelería de locos que se llama Choccofantassy y parece salida de una película de Tim Burton. Eso sería delirar un poco, sí, pero pienso que si entrenara, si modelara cuarenta o cincuenta flores por día haciendo uso de las características menos apreciadas de mi signo de virgo –observación, método, detallismo-, fácilmente deformables en extremos de obsesividad, llegaría a fabricar flores perfectas. Cobraría un sueldo modesto, es verdad, le diría al taxista cuando me preguntara acerca de mis posibilidades de crecimiento económico dedicada a la producción mecánica de flores de chocolate, pero estaría rodeada de un equipo de diseñadores sensibles que, con suerte, me contagiarían un poco de su creatividad y de su estilo especial para elegir la ropa, el color de pelo y algunos accesorios. Soy de la idea de que los ambientes creativos hacen onda expansiva, penetran.

¿Mi novio, Óscar? (a esta altura de la charla y del viaje ya habría reparado en el nombre del conductor: Óscar con acento en la O). Bueno, a él lo conocería en algún curso acelerado de inglés para hablar. Sería extranjero, como yo, en lo posible de algún país menos melancólico que Argentina, menos drogón. Me cansé de los argentinos, Óscar, son demasiado tristes. Somos. La nostalgia nos va a matar. Tanto tango, tanto rock barrial, hasta la zamba me hace llorar. Tenemos recuerdos tristes en todas las canciones. En la clase de inglés, Óscar, yo me volvería repentinamente simpática y desenvuelta, mucho más que en los cursos tributarios del Consejo Profesional de Ciencias Económicas (vengo de ahí, ahora). Seríamos como un grupo de autoayuda, una ronda de desconocidos multirraciales tratando de aprender a decir lo mismo, conociendo un lenguaje. Todo eso me aflojaría la timidez, el primer día, en la primera conjugación verbal. Y así de fácil conocería a mi novio, Óscar, sin histeria, sin fobia, con naturalidad. Él no me mandaría mensajes de texto de madrugada con un “Hola” triste, falto de amor. Esa sería una historia terminada. Los sábados a la noche haríamos planes, tal vez desde la tardecita, lo normal, Óscar, lo que hacen los novios. Estabilidad emocional. Los domingos desayunaríamos en un café, yo tomaría chocolate caliente en invierno y licuado de durazno con jugo de naranja en verano, después iríamos a la playa. Fijate en google, Óscar, lo linda que es la playa de Brighton. Hay muchas gaviotas, coreografías de gaviotas. Y (esto es muy importante, Óscar) ¡yo no les tendría fobia a las aves! Podría caminar entre las palomas gordas de Trafalgar Square el día que decidiéramos visitar Londres, podría ver fotos de gallinas en Facebook sin temblar, ni hablar si en Brighton existen granjas con gallinas de verdad y me topara con alguna, no sentiría nada Óscar, no gritaría, no me paralizaría.

Sí, claro que extrañaría Óscar. ¿Cómo no? Recurriría al skype y al google talk y a toda tecnología de conversación gratuita vía cámara web. Desde mi teléfono puedo hacer todo eso en cualquier lugar del mundo donde haya wifi. Sería por un tiempo, además. Mi sueño no es irme definitivamente a Brighton, lo mío sería por un tiempo, el suficiente como para disfrutarlo mucho, hartarme de disfrutar Óscar, de aprender a fabricar flores de chocolate, tal vez pasar a diseñar tortas de casamiento, o de Halloween, convertirme en mano derecha del chef principal, quién te dice. La vida tiende a ser imprevisible en general, me canso de escuchar eso, lo de la imprevisibilidad. Imaginate Óscar vivir en una ciudad a un trencito de distancia con Londres, que está a otro tren de distancia de París, o Brusellas, o Berlín. Mi novio y yo seríamos fan de hacer viajes en tren. Algunas veces tomaríamos el ABE para llegar muy rápido y aprovechar bien el día, pero otras Óscar, preferiríamos un tren regular, de cercanías, con el único propósito de pasear en tren. Eso lo haríamos en días de clima fresco, abrigados con bufandas de lana buena (quiero decir de oveja, no sintética), camperas gruesas con capuchas con bordes de piel y botitas. Viajaríamos abrazados, yo un poco recostada en el cuerpo de él. Nada de besos, ojo, no estamos en edad de exhibiciones de amor. Miraríamos hacia afuera por el paño semifijo que hace de ventana, oliendo a café de maquinita y a olores que no sé, no sabría describirlos Óscar porque todavía no los olí.

Después de un tiempo sí, nos mudaríamos juntos, en lo posible a un departamento que eligiéramos los dos, tal vez cerca del puerto. ¿No te dije Óscar? Mi novio sería un alegre comerciante de frutos de mar. Probablemente desarrollaría algunas transacciones por fuera de la ley, es verdad, pero nunca se lamentaría por no haberlo intentado. Tendría olor a mar, a pescado, inevitable, Óscar, pero unos brazos y una espalda… Un cuerpo atlético propio de los hombres que usan la fuerza física para trabajar. Porque mi novio haría el trabajo bruto también, carga y descarga, esas cosas de puerto. Ya sé en qué estás pensando Óscar. Te veo la cara por el espejo retrovisor. Que para inventar mejor me invento un novio economista, o dueño de un restorán, o de una cadena de comida liviana, de esas que venden ensaladas y sandwiches en pan integral. No Óscar, sé que me gustaría el extranjero del puerto.

A mí me costaría la convivencia, me costaría un montón. Nunca viví con un hombre Oscar, imaginate qué difícil, pero le pondría empeño. Cada tanto haríamos reuniones de amigos. Yo invitaría a mis compañeros de la pastelería. El chef principal iría con su novio y su perro, un golden precioso. Mis compañeras de modelado irían solas, tal vez una de ellas intentaría coquetear con uno de los amigos de mi novio. Hablaríamos de eso al día siguiente, estirando chocolate sobre la mesada de mármol. Eso sí, no le daría falsas expectativas, sería justa en mis apreciaciones. Para la cena, yo cocinaría alguna argentinidad típica, el lugar común Óscar, a la distancia el lugar común está completamente justificado. Empanadas de carne con el relleno que me enseñó mi abuela cuando tenía doce años. Se me empañaría la vista cuando cocinara, cuando comenzara a sentir los olores a masa y a carne y a aceitunas y a pasas de uva. Y de postre Alfajor. Alfajor Óscar, no Rogel, Rogel es un nombre gourmet. Mi mamá y mi tía hacen el mejor Alfajor del mundo, lo aprendieron de una tía salteña. La dueña de Choccofantassy se volvería loca de amor, imaginate; le reservaría el centro humedecido con almíbar del merengue en contacto con el dulce de leche.

¿Hijos? No sé Óscar, no me atrevo a imaginarlo, me da dolor. Mi psicólogo me dice que tengo que fantasear más, visualizar el deseo, ponerlo en una imagen alcanzable. Palabras Óscar, puras palabras. Mi novio portuario y yo no hablaríamos de tener hijos, no hablaríamos mucho en realidad, seríamos más bien activos. Tendríamos sexo amoroso, pero no quiero entrar en esos temas Óscar, no nos conocemos vos y yo, no da que te cuente esas intimidades. Bueno, de los hijos no te sabría contar, yo me haría amiga de todos los niños que formaran parte de mi entorno, hijos de amigos, todo eso. Tal vez invitaría a mi sobrina a pasar unas vacaciones en Brighton, en julio, unas vacaciones de invierno con mar. Yo me pediría esos días en la pastelería para poder estar con ella. Lo pasaríamos bomba Óscar, imaginate eso, haríamos playa desde la mañana. Los días feos tomaríamos un tren a Londres y yo le cantaría la canción esa que dice “Un tren a Londres”, se la enseñaría y cantaríamos juntas todo el camino hasta Victoria Station. Después haríamos un poco de turismo en los parques; ella se pondría loca con las ardillas, le sacaría mil fotos. Recorreríamos la ciudad en el Tube; ella estudiaría el planito, memorizaría las estaciones, haría un mapa muy preciso en su mente súper atenta de nena de diez años. Con mi novio no se llevaría tan bien, le costaría un poco compartirme con él. Lo obvio Óscar, yo la entendería y desearía extender sus vacaciones para pasar más días con ella, pero el día catorce tendría que despedirme. El viaje de vuelta a Brighton sería insoportablemente triste. Lloraría mucho Óscar, a lágrima viva, como dice Oliverio Girondo en ese poema tan hermoso, Óscar, ¿lo conocés? ¿conocés a Oliverio Girondo?

No me mires así Óscar. Las fantasías no tienen que ser perfectas. No me puedo imaginar sin llorar. Acá me bajo Óscar. ¿Me das una tarjetita?

lunes, 2 de diciembre de 2013

Yo también piso el palito y hablo de Wanda

Marina Calabró habla de Wanda. Dice que hizo dos tapas de Gente al hilo y, según parece y ella afirma desde su lista imaginaria de informaciones chequeadas, ni Susana, que es la diva de las muchas tapas, de la mayor cantidad de tapas, tuvo, como Wanda, dos al hilo.

Santiago del Moro habla de Wanda. Como buen moderador, preserva su rol de conductor querido y evita dar su opinión; se limita a hacer hablar al Señor de los Rumores. Entonces repone un audio del programa de radio de Jorge Rial. Wanda dice que Mauro es un amigo de la familia, más de Maxi, menos de ella, quiere dar a entender. No es clara. Rodea las palabras. Mezcla risitas. Se pone solemne. Quiere que sepamos que está recién separada y triste. Muestra el cansancio, el esfuerzo de acarrear su vida en la primera clase de un vuelo Italia - Argentina. Trae tres hijos, mucha ropa, muchos zapatos, muchas carteras, y el cerebro hirviendo de ideas sobre cómo retomar el marketing de sí misma. Somos amigos, nos consolamos, dice Wanda, del morocho de veinte que se mandó, con los huevos atragantados de leche, y le declaró su amor al mundo en un tweet desbocado. Su amor por Wanda. Wanda. La reina del sexo oral filmado en tierras rioplatenses. La reina de crearse a sí misma, como una gran inventora, en la escalada de su Paseo Inmoral. Wanda sabe que la claridad es enemiga de la creación que hizo de sí misma. Por eso, cuando Jorge Rial, el más astuto de sus cómplices en la carrera de inventarse, decide salir de la rueda de ambigüedades y le hace la pregunta directa, Wanda suspira, maneja la expectativa de la audiencia con los segundos justos de silencio, hasta que suelta: No sé qué decirte, Jorge. Wanda no sabe qué decir de Mauro y de la declaración de amor de Mauro. Wanda le abre el coco al mundo, otra vez, para que germine el morbo. Y el morbómetro explota, alimentado por los tópicos infalibles que Wanda, otra vez, insisto, nos ofrece: traición, triángulo amoroso con el mejor amigo de Maxi, el rubio insípido que no tiene nada que hacer al lado del morocho lindo, pensamos todas cuando escuchamos a Wanda decir: No sé qué decirte, Jorge.

La Negra Vernaci pisa el palito y, también, habla de Wanda. Le apoya sus fauces al micrófono para gritar ¡Puta! Puta se llama señores, puta. La Negra se va de boca y tiene que pedir perdón, en una nota que le sacan con forceps, ese mismo día, a la salida de la radio. Sabe que se fue de mambo. Se enoja con Wanda porque la hace quedar en evidencia, porque cuando grita ¡puta! también descarga su envidia por las mujeres jóvenes, de carne firme, con una larguísima carrera de petes hechos y por hacer, e incontables millones por cobrar.

Matías Martin, también, pisa el palito y habla de Wanda. Tiene permiso porque lo suyo es el deporte y, como todos sabemos, Wanda es una botinera de ley, nacida de una foto con la camiseta del Diez, de Dios. A Wanda la parió la imagen de sus tetas adolescentes bamboleándose debajo del género sagrado. Adolescentes y vírgenes, se encargó de estampar Wanda en la tapa de una revista de chimentos primero, y en el morbo nacional después. Se recibió de botinera a los pocos años, cuando supo casarse con el primer futbolista cotizado en euros que necesitó autoafirmarse con una esposa rubia infartante de perfil alto. Y, ahora, se las ingenia para separarse con la cuota de escándalo que se merece: triangulando su culo entre dos futbolistas, amigos, muy amigos, entre sí. Entonces Matías se justifica. Dice que el triángulo amoroso, la traición, son temas universales. Se pone empático, como es él, perfecto para hablar de cada tema que le cae a la lengua. No se juega. A Matías le cuesta jugarse. Dice que no quiere emitir un juicio porque no sabe cómo reaccionaría él, si fuera protagonista de una historia similar. Habla de esto, no habla de fútbol. Pero para quedar menos expuesto, porque lo suyo es el deporte, porque la chismografía es especialidad de otros, dice que el novato de veinte años se quemó la posibilidad de jugar para Argentina en un mundial. Habla de Códigos. No entiendo cuando dice eso. ¿No estába hablando del triángulo Maxi-Wanda-Mauro?, pienso. Decido subir el volumen de la radio y prestar más atención. Parece que hay una construcción hipotética en el discurso de Matías. Matías dice que si Maxi jugara en la selección, Mauro no tendría lugar ahí. Me da risa la vuelta que necesita hacer para meter el deporte en su relato y, así, sentirse justificado para hablar, él también, de Wanda.

Yo, también, piso el palito y hablo de Wanda. Soy mujer, como la Negra. Me vuelvo más envidiosa del género femenino cuanto más años cumplo. Tengo una carrera universitaria. Muchas, muchísimas horas culo de estudiar y trabajar. Muchas, muchísimas menos horas culo de coger. Lástima. Ningún marido y ningún hijo. Wanda, siempre, me pareció fea, puta, interesada y conventillera. Miré con sorna cada una de las tapas de las revistas que nunca compro pero me ocupo, cada miércoles, de chusmearles los titulares. Devoro más libros de los que puedo asimilar. Devoro, también, más películas de las que puedo procesar. Necesito demostrarme a mí y a mi pequeño mundo que soy inteligente, sensible y más o menos culta. Disimular mis ganas de eterna juventud, mi obsesión por lo superficial. Hasta que miro las fotos de Wanda, mejorada por la plata y la buena producción de las revistas, que saben muy bien cómo embellecerla para vender muchos ejemplares, y fantaseo, ansío que me produzcan a mí, que me embellezcan, que me saquen fotos sexis, y tener mi Paseo Inmoral, y que dos hombres, amigos, muy amigos, se peleen por mí.

Luciana.

sábado, 9 de noviembre de 2013

Anastasia cumple nueve años

Anastasia cumple nueve años.
Ahora podría decir muchas cosas genéricas sobre cuánto me cambió la vida ser tía de la primera hija de mi hermana mujer. Pero no lo voy a decir. Eso ya lo dije muchas veces. Voy a decir que esa persona de nueve años es la representación más tangible de mi capacidad de amar. De amar y de brindar. Siempre me costó compartirme. Guardarme en mis lugares, a veces seguros, a veces no, es una atracción enorme. Desconectar, irme para adentro, bloquear, son algunas de las acciones que mejor describen esa parte de mí.
Hasta Anastasia. 
Podría seguir hablando de estas cosas cursis, pero me enseñaron que contar es mejor que explicar.


(0 ; 2004) La vida no se trata de objetividad

Rápido, por favor, a Corrientes y Riobamba, tengo que alcanzar una combi. Yo llevaba una bañadera rosa en una bolsa gigante de Carrefour, y todavía no había aprendido que andar a las corridas es muy perjudicial para la salud. El taxista no hizo mucho esfuerzo por apurarse, Buenos Aires y noviembre no se llevan bien con el tránsito fluido. Llegué a la parada cinco minutos tarde. Tuve que correr. Hacer señas. Demostrar agilidad. Algo que no me sale bien en general, y mucho menos con tacos de diez centímetros y un apéndice en forma de bañadera. Llegué al sanatorio con la lengua afuera, como si la hora y media de viaje, sentada y semidormida, no hubieran podido desarmar el efecto de la corrida. Mi hermana nunca se enteró de mi visita, los dolores de entuerto la mantenían fuera del mundo. Pero se sorprendió mucho, cuando, al día siguiente, una bañadera rosa descansaba en la cabecera del acompañante. Entonces me concentré en Anastasia. La vi perfecta, hermosa, la bebé más linda del universo y más allá. Las fotos de ese día (la piel roja, la carita hinchada, el pelo pegoteado), vistas con apenas algunas semanas de distancia, me harían entender que el amor deforma la percepción. Los bebés, en su primer día de vida, nunca, son tan lindos como creemos verlos. Pero la vida no se trata, no se trata en absoluto, de objetividad. Solté un llanto, primero tímido, después liberador, cuando vi a mi sobrina por primera vez. Soy llorona, sí, pero esas lágrimas fueron de verdad.


(2 ; 2006) ¿Qué es la primavera Talú?

Era domingo a la noche. Yo estaba triste. No quería volver a Buenos Aires. ¿Volvés el viernes?, preguntó mamá. No sé, le dije sin ganas. ¿A qué te vas a quedar? Venite a Lobos a disfrutar la primavera. Mi estado de ánimo no era permeable a ciclos estacionales, los únicos ciclos que conocía eran de tipo emocional. Estaba sentada en el sillón, frente al televisor, acurrucándome con Anastasia. Lo bueno de los nenes chiquitos es la manipulación física que nos permiten hacer con ellos. Los abrazamos, los matamos a besos, les hacemos cosquillas y absorbemos su calorcito. Cuando la bajé para pararme, disparó: ¿Qué es la primavera Talú? Mientras yo trataba de articular una explicación accesible para una nena de dos años, buceando en mi cerebro atolondrado de pensamientos depresivos, repitió la pregunta unas cuatro o cinco veces: ¿Qué es la primavera Talú? Bueno, la primavera es un momento del año, cuando los árboles empiezan a ponerse verdes, nacen las flores y se acerca el calor. ¿Qué es la primavera Talú? Repetí la respuesta. ¿Qué es la primavera Talú? Repetí otra vez. ¿Qué es la primavera Talú? Entonces decidí contraatacar: No sé, ¿qué es? Bueno, es un momento del año con hojas verdes, colores y pajaritos. Muy bien, la primavera es eso, le contesté. Entonces, me puse contenta.


(5 ; 2009) Yo te escucharé, con todo el silencio del planeta

¿Qué te pasa? Nada. Dale, decime, ¿qué te pasa?, ¿estás enojada conmigo? No me pasa nada, no me preguntes más, Talú. Bueno, si querés ponemos videos en la compu, la canción del violín que nos gusta tanto, ¿te parece? Sí, me parece. El video de Café Tacvba avanzaba, y yo no conseguía sacarle nada a Anastasia. ¿Querés que te cuente un cuento basado en una historia real?, se me ocurrió intentar. ¡Si!, me dijo, contenta, por primera vez en el día. Le conté que cuando yo era chiquita como ella, la vida se me había llenado de bebés. De golpe, dejé de ser la más chiquita de la casa: un hermano y dos primos en menos de dos años. Ella me miró con pena, compadeciéndome de la nena que yo había sido. Yo seguí. Me puse celosa, muy celosa, porque no me daban tanta bola como antes, lo que pasa es que los bebés no pueden hacer nada solos…, le expliqué. Ella escuchaba, con todo el silencio del planeta, y miraba mis ojos, como si fueran los últimos de este país. Sufría. Retorcía las manos. Se mordía los labios. Entonces no aguantó más y vomitó: Talú yo tengo miedo de que todos quieran al bebé más que a mí. 


(8 ; 2013) Todos sabemos que Nacho no va a ganar

Mis amigos llegaron a Lobos cerca de la una. Fuimos a la casa de mi hermana porque la mía estaba invadida por albañiles y pintores. Después de los ravioles, Anastasia quiso dibujar. Durante la sobremesa parlanchina y desordenada, escribió, ilustró y encuadernó un cuento protagonizado por un gato. Quedamos maravillados. El libro era hermoso. Todos queríamos tener la creatividad así de fresca y la capacidad de acción así de veloz. Entonces, mis amigos, pidieron hojas para dibujar. Salimos al patio. Nos sentamos en círculo, alrededor de la mesa forrada de pedacitos de mosaicos rotos. Marina le sacó punta a todos los lápices y armó una escultura con los restos. Maro, Natu, Majo y Nacho, armaron una competencia espontánea de dibujo de mariposas. Ganaba la mariposa más linda. Anastasia se autoproclamó juez. Y Yo saqué fotos. El ácido de la competencia corroía los ánimos. Cuando Maro desplegó una mariposa de perfil, que parecía, iba a salir volando de la hoja, los otros tres se desesperaron y trataron de sobornar a Anastasia con propuestas descabelladas. Ella, inmutable, oronda en su lugar de poder, caminaba en círculo alrededor de la mesa. Los genes de la abuela Inspectora y de la bisabuela Directora, corrieron, contentos, por el ADN de Anastasia. Al pasar por al lado de Nacho no se pudo controlar: Todos sabemos que Nacho no va a ganar, sentenció. Cuando se fueron, juntó los dibujos, los apiló y los guardó. Después me preguntó: ¿Vos pensás que podré volver a ver a tus amigos algún día?  Y yo, yo le dije que sí, que muchas veces, que eso, recién empezaba.

(9 ; 2013) Sólo voy a decir feliz cumpleaños mi amorcita. Lo demás se empieza a escribir hoy.

Luciana.



jueves, 7 de noviembre de 2013

Soldaditos en el borde de la chimenea

Hoy me llamó Manuel. Me dijo: ¿Te acordás cuando juntamos nuestros ahorros para comprar un Billiken que venía con el poster de Johny Tolengo? Yo no me acordaba. Me puse contenta por dos cosas: porque había sido buena con mi hermano, y porque, por suerte, mi memoria no domina todos los espacios del pasado. Saber que hice cosas buenas que no recuerdo, me da esperanza. Tengo la costumbre de dibujarme una infancia infeliz y egoísta. Me acuerdo, sí, de todas las mitades de alfajor que le comí a Anita, aprovechándome de esa cosa de hermana mayor que le hacía cederme algunos espacios. Me acuerdo, también, de los berrinches que me hacían romper las casitas de rasty que construía mi amigo Elio, solamente porque eran más lindas que las mías, y eso, esa conciencia temprana de que el otro era más talentoso que yo, me resultaba insoportable, y me brotaba la envidia, una envidia tremenda, que me llevaba a arruinar el juego. Pero con Manuel fui buena.

No me animé a preguntarle detalles del poster de Johny Tolengo. No acordarme de esa acción, juntos, me dio culpa. Entonces traté de hacer memoria: el tapado de piel sobre los hombros, el pasito, saltando, a un lado y al otro, la canción: ¡Johny Johny Johny Tolengo! ¡Johny Johny Johny Tolengo! Los domingos. Mingo y Aníbal contra los fantasmas. Esas películas mirábamos, Manuel y yo, en la cama de mamá, los domingos a la tarde. Y no parábamos de reírnos en la parte que Aníbal (o Mingo, no me acuerdo bien) se resbalaba cuando pisaba unas bolas de fraile rellenas con dulce de leche, a oscuras, en el jardín.

Como yo seguía sin acordarme del poster, siguió con la vez que cedí mi regalo del día del niño para que mamá le comprara dos bolsas de soldaditos en vez de una, y pudiera aumentar sus regimientos y armar una guerra más grande. ¿De eso tampoco te acordás?, me dijo. Entonces, de eso, sí me acordé. A mí me gustaba jugar a los soldaditos con Manuel, y, como soy compulsiva, intensa y obsesiva, cambié tener un regalo de nena por más soldaditos para él. Pasábamos muchas horas armando escenarios de guerra. El mejor era en el canasto de la leña; algunos muñequitos, incluso, iban a parar al bordecito de la chimenea, hasta que sentíamos olor a plástico quemado y los mandábamos a un cementerio imaginario, medio derretidos, medio mutilados. Creo que empecé a jugar a los soldaditos con Manuel cuando Anita se aburrió de jugar conmigo a las Barbies. Tuvo una mejor amiga para inventar otros juegos. Me sentí excluida, como me gusta sentirme la mayor parte del tiempo. La exclusión es el sentimiento que mejor me sale. La exclusión y la falta de amor; soy muy dada a dramatizar. Anita y su mejor amiga tenían un cuaderno donde escribían guiones de teatro que, algunas noches, representaba para mí en la pieza de mamá. Igual no me alcanzaba. Por eso me enojaba y me hacía la dormida, o le decía que tenía que ir al baño, cada diez minutos, con el único fin de interrumpirla. Anita también me abandonaba en los partidos de Chin-Chón, porque se aburría de mi prolijidad y de que hiciera tantos menos diez, de que quisiera ser, siempre, perfecta. Yo, en el Chin-Chón, era imbatible. Mi hermana nunca quiso ser así, perfecta, ni ganar a todo, por eso nunca le rompió las casitas de rasty a Elio.

Compramos el Billiken en el kiosco de Haroldo, insistió Manuel, no puedo creer que no te acuerdes. El kiosco de Haroldo estaba en la cuadra de casa, casi llegando a la otra esquina. Era una feria americana, antes de que estuvieran de moda las ferias americanas. Tenía de todo. Pero lo mejor eran las paletas de caramelo con gusto a pico dulce y la pared forrada de latas de galletitas, esas que venían con un ojo de buey por donde se podía ver el contenido, muchas veces triturado por el manoseo de las manos gordas de Haroldo. Las bolsas de soldaditos también eran parte del mostrador ecléctico del kiosco. Eso y la figura de Croto, el dueño del caserón de enfrente de casa, viejo, flaco y vestido siempre de gris o de negro. Croto caminaba todas las mañanas de punta a punta por la cuadra. Iba y venía. Mi abuela decía: Ya está Croto haciendo la pasadita. A la tarde se plantaba en el kiosco, creo que para rascar algo de cariño en forma de comida casera de la mujer de Haroldo, que siempre fue muy cuidadosa de la caridad cristiana. Pero cuando Croto apareció muerto en su caserón, ahogado de gas y mordido por ratones, apestando a descuido, a abandono, la gente de la cuadra sospechó de Haroldo. Sobre todo desde que se corrió el rumor de que era beneficiario, o heredero, o algo así, de los bienes maltratados de Croto. Lo único que lamenté de todo eso, fue que Manuel y yo nos quedamos sin kiosco. Es decir: sin el ritual de ir al kiosco de Haroldo a elegir paletas de caramelo, galletitas manoseadas, algún Billiken y las bolsas de soldaditos.

Vos elegías las mejores bolsas, dijo Manuel, resignado porque, aunque hiciera fuerza, mi memoria no tenía rastro del Billiken, agarrado del juego que más veces compartimos. No entiendo, hoy, esa fascinación que tuve con los soldaditos y con la guerra. Mi hermano nació en el ’81, así que Malvinas había pasado por lo menos tres o cuatro años antes de aquel día del niño. Cuando pienso en Malvinas me viene una sensación, un clima, pero no mucho más, excepto dos cosas: las pulseritas y la nota del cuaderno. Las pulseritas eran decenas de rosario que fabricamos con crucesitas de madera balsa y bolitas celestes y blancas, bien argentinas, bien nacionales. Las llevamos a la parroquia con la ilusión de que les llegaran a los soldados, junto con barras de chocolate negro y algunas otras cosas que no sabría especificar. La nota es la fotocopia que la Señorita Mercedes nos hizo pegar en la última hoja del cuaderno. Decía cosas sobre cómo reaccionar ante posibles bombardeos. Esa palabra, bombardeos, fue la única que se guardó mi memoria dramática. Una noche, un ruido de la calle me hizo pensar, y sentir, de una forma muy precisa, con un galope de latidos que parecían salírseme del cuerpo, que un avión inglés estaba tirando bombas sobre Lobos. Pero mi abuela, sentada al lado mío, subió el volumen de Grandes Valores del Tango y la voz de Guillermito Fernández tapó cualquier posible ruido, y yo cambié mi drama por los ojos cristalinos de Guillermito.

Hace poco leí Los Pichiciegos. Entonces tomé contacto con otra forma de soldados y con otra forma de guerra. La forma que Fogwill decidió fabricar. ¿Habrán existido los pichis? No sé. No me alcanza la curiosidad para investigar, ni siquiera para googlear, si en Malvinas pasó algo parecido a lo que escribió Fogwill, según él mismo dijo, en una sola noche. Seguro que sí, pero no tengo ganas de confirmarlo. No me gusta contaminar las historias con datos de la realidad, siento que se deslucen. Me basta con poder pensar en la posibilidad de que hayan existido esos soldados que aguantaban la guerra adentro de un pozo. Las películas que vi acerca de muchas guerras, incluso otros libros que leí, acerca, tal vez, de las mismas guerras, no me sirvieron para dimensionar el fenómeno más allá de palabras demasiado abstractas, como, por ejemplo, atrocidad, degradación, y así. Los pichis la pasaban mal, y se degradaban, y vivían situaciones bastante atroces, pero también bastante concretas. El despliegue de detalles en esas voces que se vuelven tan familiares, me hizo sentir muy cerca de ellos mientras leía, aunque no estuvieran haciendo la guerra como yo suponía que los soldados hacían la guerra, ni tirando bombas, aunque fueran unos tremendos desertores, desertores y transas. Yo, si tuviera que estar en esa situación de guerra, sin dudarlo, elegiría meterme adentro del pozo a aguantar, a dejar que pase, a observar. 

Comprábamos soldaditos nuevos para reponer los que quemábamos en la chimenea, no era muy bueno nuestro negocio, se rió mi hermano antes de cortar. Yo también me reí. Después pensé en esos soldaditos, achicharrados en el borde de la chimenea, muertos de asfixia por una calefacción mal oxigenada, igual que Croto, igual que los pichis de Fogwill.


Luciana.

jueves, 31 de octubre de 2013

Un día de felicidad

Mamá no quería dejar a mi abuelo. No le importaba nadie más; ni Anita, ni papá, nadie. 

Su médico le decía que durmiera más, que saliera a caminar, que diera, aunque sea, media vuelta al parque; pero ella se quedaba pegada a la cama del padre, mientras los tobillos se le inflaban de líquidos cada vez más densos. Dicen que la densidad de los fluidos encerrados en el cuerpo, es directamente proporcional a la falta de movimiento, por eso ella se hinchaba todos los días un poquito más, aunque comiera cada vez un poquito menos; por eso y porque estaba embarazada. 

Papá tuvo que comprarle zapatos nuevos, número 40, porque los 39 le hacían doler los empeines, y porque ella había perdido el interés, también, por comprarse zapatos.

Pero una mañana la engañó, y obligó a todos a que le siguieran el engaño. Mi abuela fue la primera en seguirlo, más para ocupar su legítimo lugar al lado del marido enfermo, que para contribuir con las intenciones nobles de papá. 

Le dijo que tenían que viajar a Buenos Aires a llevarle los estudios de mi abuelo a otro doctor. La palabra eminencia fue crucial, el botón que la disparó de la silla al Falcon rojo, la urgencia camuflada de esperanza de curar lo incurable.

Entonces, pienso, tal vez haya pasado esto: mamá salió de la habitación oscura con olor a químicos y a cuerpo humano corriendo la última carrera hacia la descomposición, arrastró los zapatos número 40 por el pasillo de baldosas amarillas, chancleteó más de la mitad del trayecto, porque le pesaban las piernas y porque le gustaba el ruido del talón cortando la textura acanalada de las baldosas amarillas, respiró el aire frío de junio endulzado con olor a tortitas negras de la panadería de León y, por primera vez en tres o cuatro meses, sintió alivio, gambeteó la culpa. ¿Culpa de qué? Objetivamente: culpa de nada. Subjetivamente: culpa de todo. De dejar al padre enfermo, porque quizá se muere justo cuando ella no está, porque quizá no lo ve más, porque tal vez se relaja y siente la panza de seis meses y las patadas y el corazón, mientras el padre se muere, justo cuando ella se relaja y genera vida. La culpa funciona así, como bola de nieve, con ritmo exponencial, que quiere decir que crece, siempre, proporcionalmente un poquito más, y dibuja parábolas en vez de rectas. 

Papá quería llevarla a Buenos Aires como cuando eran novios, cuando salían a cenar a restoranes caros y ella se ponía unos zapatos de taco alto que guardó durante demasiados años en una caja de felpita rosa y letras doradas que decían Pigalle. Como la calle de París, cerca del Sacre Coeur, esa que cuando viajé hace tres años y vi Rue de Pigalle mientras buscaba la casa de música para comprarle una guitarra a Agustín, me hizo acordar de los zapatos de mamá, de punta redondeada y pulserita en el tobillo, atesorados en el último rincón del ropero, hasta que un día los metió, con casi nada de criterio, en una bolsa de caridad.

Llegaron temprano, cuando la mezcla de olores de café y garrapiñada todavía flotaba en el aire y penetraba en las narices frías, de esa manera particular que le hace saber al que viene de afuera, que está en el centro de Buenos Aires. A papá le gustaba ese olor, mamá me contó, y yo aprendí a que me guste, tal vez, para identificarme con algo que sabía, le pertenecía a él. Papá no tuvo que aclarar por qué, en vez de correr a una calle cercana a la Facultad de Medicina, como Paraguay, Junín, o Córdoba, a ver a la eminencia en cosas como trombosis y aneurismas, fueron al Rosedal. Mamá, tal vez prendida del alivio que me gusta imaginar que sentía, pidió una manzana asada con caramelo y buscó un banco lindo para que pudieran sentarse, a pesar del frío, a mirar las rosas amarillas. Son sus preferidas, tal vez a partir de ese día, creo que antes nunca se había detenido a mirar un cantero de rosas. Mi abuela no le había enseñado el amor por las plantas ni por los animales, pero yo la vi pararse muchas veces en una casa de la calle Salgado, y perder los ojos en un rosal explotado de flores amarillas. Y en el cuaderno que encontré una vez en su cajón, había un pimpollo reseco marcando una página; sólo leí el encabezado: 17 de junio de 1974: José me llevó a Buenos Aires.

Después fueron a almorzar a un carrito de la Costanera, carritos se le decían a los restoranes, aunque estaba lleno, además, de puestitos de choripán. Mamá comió como debe comer una mujer embarazada por primera vez en muchos días, sonrió algunas veces y extrañó a Anita, a mi abuelo no, a él se permitió no extrañarlo. También evitó pensar en las ausencias largas de papá, en los remates de hacienda en Las Marianas que lo tenían fuera de casa de lunes a viernes y a Anita balbuceando en su lenguaje de dos años: ¿cuándo viene papá? 

Después de almorzar buscaron a mi tía en la Facultad de Exactas. Ella abrió muy grandes los ojos cuando vio el Falcon de papá estacionado en la puerta, asustada, pensando en la peor noticia. Pero mamá enseguida hizo ese gesto tan suyo, el de cuando intenta despreocupar sin hablar, y movió levemente la cabeza revoleando los ojos y el pelo negro tan lacio que tiene, que parece adicto a la gravedad de tan perpendicular que se le pone al piso cuando le cae por los hombros. Entonces mi tía sonrió y se subió al auto, contenta, como cada vez que mamá y papá la llevaban a pasear. 

Mi tía adoraba a papá, tal vez porque tenía esa cosa de hombre aventurero, o usaba trajes ceñidos al cuerpo, como de dandy. Una vez, cuando ella tenía 16 y mamá 28, papá convenció a mamá de maquillarla para que pudieran entrar los tres al casino de Mar del Plata. Eso siempre lo cuenta mamá, mi tía no. Mi tía se enojó tanto con papá que dejó de hablarle y se escapó de uno de mis cumpleaños para no tener que mirarlo con cara de odio. Mi tía y mi abuela nunca perdonaron a papá, mamá sí.

Ese día no fueron a un casino, fueron a pasear por Florida y compraron dos pares de guantes de cuero en Harrod’s, uno para mi abuela, que nunca usó pero agradeció con su mueca de labio fruncido, y otro para mi tía, que yo rescaté de una de las bolsas de otro ataque de caridad de mamá.

Salieron a la ruta cuando todavía era de día y llegaron a casa de noche. 

Mi abuela los esperaba sentada en el paredoncito del frente, envuelta en el poncho de lana de vicuña marrón clarito de mi abuelo que ella usó todos los inviernos, a partir de ese día, para extrañarlo menos. 

Mamá bajó del auto. La imagino así: la cara coloreada por el recreo del viaje, por el alivio de un día lejos de la escena que más le dolía, sus manos sobre la panza, acariciándome, pidiéndome que absorbiera ese día de felicidad.


Luciana.

sábado, 3 de agosto de 2013

la obsesiva

El problema de la obsesiva es que no sabe regular.

La obsesiva se levanta un sábado 20 de julio y sale a recorrer perfumerías porque el viernes a la noche se dio cuenta que se le acabó el perfume, cuando descubrió con horror, que el frasco que tenía lleno en la bolsa del Duty Free que le regaló la amiga, no era Eau de Parfum sino Eau de Toilette, una colonia poco persistente y de fragancia poco fiel. Pero es sábado, tiene que encontrarse con la troup de amigas de la secundaria en su pueblo natal, y necesita imperiosamente rociarse con una buena cantidad de su perfume característico.

Además, y como si esto fuera poco, mientras barre a paso rápido la Avenida Callao, desesperada y en contra mano, la obsesiva se da cuenta de que tuvo un olvido fundamental: no fue a retirar las botitas de charol al zapatero de la media cuadra de su trabajo. Tiene que cambiar de calzado. Tiene que elegir otra ropa porque la que tenía pensada sólo le gusta con las botitas de charol. Entonces revisa en su mente las perchas interminables y las cuatro hileras de muchos zapatos, que de tantos le cuesta elegir. 

El tema es que la obsesiva, está tomada desde hace dos semanas por una competencia que le ocupó todas las áreas y, sin darse cuenta, dejó de atender el resto de sus obsesiones.

Hay un taller de escritura, cinco grupos de alumnos escritores, un campeonato inter-grupos, un reglamento estricto, un objetivo mínimo de tres mil caracteres por día, una comisión de premios y otra de veedores, arengas mañaneras, compromiso por el grupo, amenazas de violación generalizada, cadenas interminables de mails con aprietes y alardes entre los jugadores estrella, tabla de posiciones fecha a fecha con relatos apasionantes del gurú y artífice de la gran locura; hay jerga futbolera, hay chicanas, una oda del alumno rebelde que no juega, y mira de afuera, y provoca, y parafrasea al Indio Solari para alzarse con el grito de que acumular caracteres y escribir por competir no es escribir; hay documentos compartidos cada día más gordos, planillas de Excel con recuentos y promedios inverosímiles, una fiesta al final del camino y una tabla de goleadores en nombre de Ernest Hemingway.

Entonces, la obsesiva, consciente de que su fortaleza será la verborragia, su capacidad de acumular carácter tras carácter, se lanza enloquecida a llenar páginas en blanco con el objetivo de hacer un aporte sustancial a la hora del desempate técnico por diferencia de caracteres. Y a medida que la competencia avanza, se marea de fervor competitivo y se quema las pestañas con la firme decisión de superar su propia marca. Porque cuando ve que su promedio sube y su nombre escala día tras día en la tabla de goleadores, vuelve a sentir esa adrenalina que tan bien conoce de cuando estudiaba y aspiraba a sacarse siempre diez. Entonces se esfuerza todos los días un poquito más, arriesga temas nuevos, se corre de su lenguaje habitual e inventa textos cada vez más largos. Tiene fiebre de escribir. Se pierde del objetivo. Rechaza dos invitaciones a coger. Duerme poco y baja el rendimiento laboral. Pero el sábado 20 de julio se despierta con la noticia de que está primera en la tabla de goleadores.

Y cuando por fin encuentra el perfume en una tienda de Talcahuano y Santa Fé, se conforma con la versión de cincuenta mililitros y respira aliviada; porque puede volver a lucir aquella fragancia que la identifica, y porque puede volver a ocuparse del campeonato de alumnos escritores. La vendedora, contenta con su primera venta del día, le regala cinco pases para turnos de maquillaje y limpieza de cutis, cinco, porque la obsesiva, por las dudas y para que no la vuelva a sorprender la falta de perfume, compró dos frascos en vez de uno.

Vuelve a la casa en taxi para no perder tiempo y se tira de cabeza a la computadora. Entonces ve el mail con la arenga del día. El compañero encargado de las arengas le dedicó un homenaje: es un video de Las Leonas, cantando el himno antes de una final, con Lucha Aimar (capitana, goleadora y eterna mejor jugadora) llorando. Lo que pasa es que la obsesiva se llama Luciana y la comparación con Lucha viene como anillo al dedo. Y cuando ve el video se envalentona y promete no defraudar al grupo y seguir superando su marca, porque es obsesiva y no sabe regular. 

Entonces llama a Lobos Bus y pospone dos horas el horario de la combi, cosa de tener la tarde enterita para abarrotar de caracteres la hoja en blanco, y llegar justo para la hora de cenar.

Pero la presión de haber llegado al primer puesto le empieza a picar. La excusa de que la carrera es contra otros se desvanece y salta a la vista que la obsesiva se gasta la vida luchando contra sí misma. Y se acuerda otra vez de la escuela secundaria, cuando tenía conducta de planta y sólo podía lucirse sacándose diez, porque lo social le daba pánico y para el deporte nunca tuvo aptitudes. La profesora de Educación Física era la protagonista de sus peores pesadillas, tanto que antes de cada clase sufría retorcijones de panza y escapadas al baño. Pero cuando la obsesiva se propone algo, saca fuerza de donde no la tiene, y lo consigue. Entonces a partir de tercer año, cuando se podía elegir un deporte específico y dejar atrás el muestreo de primero y segundo, se decidió por cestoball. Y un 21 de septiembre le peleó la pelota a Marisita, la estrella de quinto, que jugaba de centro y gastaba la cancha con sus piernas de futbolista, y embocó el punto que definió el triunfo de tercero en la Gimnasiada de ese año. Entonces la profesora pitó salpicando saliva a diestra y siniestra, sorprendida por el punto que había ganado la obsesiva, que embocaba al aro por alta y por voluntariosa, no por destreza. Y Marisita le dedicó una mirada de fuego, porque le había robado la última posibilidad de llevar a su equipo al lugar más alto del podio. Y las amigas la rodearon, vitorearon su nombre, dieron la vuelta olímpica. Y ella se prometió trabajar duro para seguir anotando tantos en el futuro, porque la obsesiva nunca ve el punto final, la obsesiva no sabe regular.

Pero tiene un fantasma que le sopla la nuca: la inseguridad.

Entonces aprovecha su viaje por el pasado y se acuerda de Gabi Sabatini. Fue su fan, aunque antes y después de ella jamás mostró interés por el tenis. Siguió todos sus partidos y aprendió el vocabulario específico gracias a ella. Tiene la certeza de que Gabi fue la mejor tenista de su generación, la más variada, la única capaz de combinar todos los golpes con rapidez y efectividad. Buena con el drive, oportuna con el globo y precisa con el smash, hasta llegó a levantar olas de público rival cuando sacó una Gran Willy de la galera de inventos nacionales, pero con el revés paralelo era capaz de asesinar. Ganó sus mejores partidos gracias a ese golpe genial, rasante y matador, con una rival cansada de pelotear, cada vez más forzada en la diagonal. Pero la obsesiva sabe que Gabi nunca llegó a número uno, que estuvo diez años en el top ten y el puesto más alto al que llegó fue cinco. Está segura de que el problema de Gabi estaba en el saque, o el servicio, como dicen los que hablan con extrema propiedad. El primero se le pasaba de fuerte o de débil, y en el segundo, la rival se aprovechaba de la confianza debilitada por haber errado el primero y le devolvía pelotas indevolvibles. Porque la obsesiva aprendió muy bien que el tenista que mete un saque espectacular de una, se tiene una confianza ciega, y si no mete el primero mete el segundo, y te hace un promedio de cinco o seis aces por partido. Pero Gabi era tímida y a los tímidos no les gustan las entradas triunfales, detestan mandarse la parte, les da incomodidad entrar a las fiestas con el reflector en la cara, entonces esperan una distracción del iluminador y aprovechan para colarse despacito, por el costado del círculo de luz. El gran show de expectativas los paraliza, los hace transpirar más de la cuenta, entonces a Gabi se la comían las doble faltas, salvo cuando podía abstraerse del mundo y se concentraba tanto que le ganaba partidos imposibles a Martina Navratilova, Steffi Graf y Mónica Seles. El domingo que le ganó la final del Abierto de Estados Unidos a Steffi Graf, la obsesiva fue testigo de un despliegue espectacular, un baile en dos sets contra su rival histórica, una alemana entrenada para matar, con una definición de muerte en forma de tie break. Recuerda que el público se vino abajo, la mata blanca y espesa de Osvaldo padre y el nido color zanahoria de Betty, anchos como pavos reales en la primera fila y Gabi haciéndole un apretón de brazos al aire, en ese gesto característico como de darse fuerza. El triunfo de la sudamericanidad, el triunfo de la voluntad, el triunfo de la timidez.

Pero la obsesiva se sienta a escribir y no le sale nada, está paralizada. Piensa en la palabra Lucha y no puede ver el apodo de su nombre, sino el presente en tercera persona del singular del verbo luchar. Tenés que seguir luchando, se dice a sí misma. Cuenta la diferencia de caracteres con el segundo de la tabla y se da cuenta que es mínima: apenas ochenta. Chequea la bandeja de entradas de gmail cada medio minuto, a la espera del mail irónico y descalificador del goleador desplazado, el Marisita de la Gimnasiada de tercer año, el Steffi Graf del Abierto de Estados Unidos de 1990.

Trata de retomar el cuento inconcluso de las tías inverosímiles, que el lunes intentó seguir y no pudo, entonces dedicó más de 19.000 caracteres a bardear las inconsistencias de todo lo que llevaba escrito, y cumplió su cuota del día con ese híbrido de género difícil de definir. Trata de escribir acerca de una idea que viene pensando, de un cineasta amateur que proyecta siempre el mismo western casero en la sala improvisada del pueblo, y cuando quiere cambiar la película se da cuenta de que los espectadores esperaban ver siempre la otra, que repiten los gestos y conocen de memoria cada parte y se divierten con eso, que lo que quieren es ser parte de la función. Entonces la obsesiva emprende la difícil tarea de ponerse en la piel de un narrador masculino, el director, pero en el segundo párrafo se da cuenta de que habla como mujer y abandona, desanimada. Busca, se esfuerza, tiene la cabeza repleta de ideas autorreferenciales, pero tiene miedo de aburrir a sus compañeros con esta costumbre de exponer sus miserias que le sale tan fácil. Escribe primeros renglones cuatro o cinco veces, borra, cierra todo.

Entonces se levanta, da vueltas por la habitación, se desviste, se da una ducha hirviendo, relaja la espalda cansada de encorvarse sobre el teclado, pone un disco de la Niña Pastori, se tira en la cama, responde saludos del día del amigo, se emociona con los fundamentales, extraña, tararea canciones dulces, respira hondo, estira el cuerpo largo y trata de no pensar. 

Pero no puede. Piensa que es obsesiva. Piensa que el problema de la obsesiva es que no sabe regular.