lunes, 29 de julio de 2013

obsesión infinita (backstage)

Anoche me acosté después de las cuatro porque me quedé escribiendo la cuota diaria para Le Championat, la competencia de escribir a diario entre varios grupos de taller, en la que llevo casi veinte días. Nunca subí mis caracteres tan tarde. Bordeé las cinco por primera vez. 

Me fui a la cama pasada de rosca, después de un día dedicado por completo a Anastasia, mi sobrina de ocho años, que llegó a las nueve de la mañana, dispuesta a disfrutar de sus dos últimos días de vacaciones de invierno en Buenos Aires. La energía que demandan los chicos es total, superlativa. Por primera vez en dos semanas sentí el peso físico de tener que escribir para Le Championat. Después de un día entero haciendo actividades en museos y plazas de juegos, llegué a mi casa con la necesidad de bañarme, relajarme, mirar mis novelas y dormir. Pero me tenía que inventar el momento para escribir. ¿De qué? ¿Cuándo? ¿Con qué energía? Anastasia me propuso ayudarme, quería que llevara la computadora a la cama y que, juntas, escribiéramos una novela de amor como las que me gusta mirar. Mientras tanto yo me drogaba con un nuevo capítulo de Farsantes, que ejerce un poder extraño sobre mis instintos sexuales y hace que desee con todas mis fuerzas que Benjamín Vicuña y Julio Chávez se chapen cuanto antes; en una casa de campo donde se tienen que quedar porque, convenientemente, los sorprendió una tormenta fatal que los alejó de la posibilidad de volver a Buenos Aires y los dejó compartiendo una habitación en un caserón gigante; en el baño de un bar, borrachos y ataviados con camisetas blancas súper sexys; en el estudio de abogados que comparten, una especie de casa de barrio con patio y parrilla, pero devenida lugar de tráfico de chanchullos propios del rubro penalista y, básicamente, en donde sea que quieran chaparse, Vicuña y Chávez, de una buena vez. Tuve que explicarle a mi sobrina dos cosas: que no escribo novelas, sino textos desiguales con lo primero que se me viene a la cabeza, y que Julio Chávez, en la novela, está enamorado de Benjamín Vicuña. ¿Un hombre está enamorado de otro hombre?, me dijo con cara de sorpresa, y yo le dije que sí, que un hombre puede estar enamorado de otro hombre, así como una mujer puede estar enamorada de otra mujer. Ella se me quedó mirando como si le estuviera hablando en japonés, pero no dijo nada, prefirió maquinar para adentro, procesar en su pequeño reino la data fresca que yo le había tirado.

Antes del final de Farsantes se durmió, olvidada de que me quería ayudar a escribir una novela. Yo miré hasta que terminó, puse varios comentarios en twitter acerca del capítulo y me levanté a escribir. Me puse a delirar acerca del aspecto circular del mundo, inspirada en la muestra de Yayoi Kusama, que instaló la fiebre circular sobre la Avenida Figueroa Alcorta, forrando tipas y jacarandaes, cristales y escaleras mecánicas, de lunares en blanco y rojo. En el medio sufrí un principio de ataque de pánico, cuando el departamento se quedó negro, después de un ruido a corte de luz. Gracias a algo que no sé qué es, tal vez la energía emanada de mi buena conducta a lo largo de Le Championat, el corte duró menos de dos minutos. En ese lapso infinitesimal de tiempo, entre la 01:55 y la 01:57, temí, sin exagerar, lo peor. No subo mi cuota mínima caracteres, desbarato el cien por ciento de efectividad de mi grupo y tiro a la mierda la posibilidad de golear el campeonato. Las probabilidades de salir a buscar wi-fi o locutorios abiertos, con una sobrina de ocho años desplomada y roncando en el centro exacto de mi cama grande, eran nulas.

Pero vino la luz con ruido a vuelta de luz. Prendí la computadora, abrí el Word y mis hasta entonces más de siete mil caracteres estaban intactos. Tomada por el miedo obvio de un segundo corte, que por su cualidad de segundo dejaría de ser aviso y vendría para quedarse, decidí cargar todo lo que iba escribiendo en el google doc, para que quedara la cuota obligatoria cumplida en caso de nuevos inconvenientes.

Me dormí después de las cinco. A las siete me despertó Anastasia, fresca y descansada, con una pregunta fatal: “Tía, ¿qué hacemos hoy?”. No supe que responder. No podía mover los labios para contestar, ni los párpados para mirarla. Prendí la lámpara y le pedí que nos quedáramos un ratito más en la cama. Yo me sentía morir y ella irradiaba motricidad de su cuerpo de ocho años. Volví a saber de ella una hora después, cuando me desperté como si hubieran pasado cinco minutos, tal vez diez, como cada vez que apago el despertador y sigo de largo con la idea de seguir cinco minutos, tal vez diez, pero me despierto una hora después. Anastasia estaba sentada en la cama, me miraba fijamente, con esa ansiedad que presiona que tienen algunas miradas. Le pregunté si quería una chocolatada y me dijo que sí, como si llevara un mes deambulando por un desierto sin la más remota posibilidad de cruzarse con un oasis, o un charco, o una gota mínima de agua. No sé cómo hice para levantarme de la cama. Calenté leche en un jarrito destartalado que intoxica con olor a vaquelita quemada, preparé una taza de nesquik caliente y puse cuatro galletitas en un plato. Si querés jugá con la compu, le dije por decir algo que pudiera llegar a entretenerla. Después me desmayé en mi lado de la cama. Resulta que la leche estaba muy caliente para su gusto y las galletitas de avena con pasas de uva eran un atentado para el paladar acostumbrado al monopolio terrabusi. Esto lo supe dos horas después cuando me volví a despertar y vi el desayuno intacto en la mesita del living. Le ofrecí un yogur. Ella me vio bastante más despierta y volvió a la carga: “Tía, ¿qué hacemos hoy?”. Le inventé un itinerario. Abarroté el día de actividades, tantas que me agoté con la mera planificación: Primero vamos a Palermo a sacar entradas para ir al teatro a la función de 16:15. Después vamos a Cinemark a sacar entradas para el cine, a mí me gustaría Metegol, ¿a vos? Ah, no… ¿Monster University, querés?, ok. Después vamos a almorzar al Alto Palermo y, de paso compramos un regalito para mamá. Cruzamos al cine, vemos la película, tomamos un taxi y llegamos justo para la obra de teatro, ¿te parece? Todo esto, dicho rápido y sin respirar, detonó en los oídos de Anastasia como una explosión de felicidad vacacional.

Apenas pasadas las once salimos de casa, después de responder las preguntas de rutina del portero, que se preocupa mucho de mis movimientos, de mi salud mental y física, visiblemente deteriorada por mi falta de vacaciones, y de averiguar los componentes que conforman las pocas visitas que recibo durante el año. 

Anastasia es una fundamentalista del transporte público, así que hicimos varios trayectos en colectivo. Trayectos que yo hubiera preferido acortar levantándole la mano derecha al primer taxi que se nos acercaba. 

Hicimos la primera compra de entradas en el teatro de Palermo. Hicimos la segunda compra de entradas en el Cinemark, también de Palermo. Cruzamos al shoping homónimo por El Paseo del Sol, que a mediodía da más antro y deprimente de lo que ya da de tardecita y de noche. Barrimos los tres pisos en carreras de subidas y bajadas frenéticas de escaleras mecánicas, elemento altamente fetiche de mi sobrina, almorzamos en el tercer piso y volvimos al cine.

Entramos a la sala contentas. A mí, entrar a una sala de cine, siempre, me pone contenta. Es una de mis situaciones preferidas en el mundo, en el lugar que esté, y con la compañía que sea. En todos los viajes que hice, me dediqué a conocer un cine de la ciudad de turno. Es una manía, un placer, una necesidad. La película tardó en empezar, para desilusión de Anastasia, que me preguntó más de cinco veces “Tía, ¿cuándo empieza?”. Me choca la impaciencia, de las personas en general, y de mis seres más íntimos en particular. Tal vez porque yo no tengo problema de esperar a que llegue a algo que sé que vale la pena esperar. Soy así. Ayer esperé noventa minutos sobre Figueroa Alcorta, porque sabía que entrar al museo con mi sobrina, iba a ser una experiencia genial, para ella y para mí, pero más para ella. Tuve que apelar a todos mis recursos de calma de ansiedades para conseguir que hacer una cola de noventa minutos le ganara a la cajita feliz del Mc Donald del Paseo Alcorta. Sin embargo lo conseguí. Le conté un par de historias, la mandé a dibujar en una libretita que improvisé de mi cartera y, fundamentalmente, le hice decidir a ella, para que le quedara claro que si nos íbamos de la cola era por causa de su ansiedad, no de mi falta de paciencia. Hoy en el cine decidí no contestar. Cuando el ansioso se encuentra con la acumulación de silencio, se termina callando, porque el silencio espeja, el vacío devuelve las preguntas sin respuestas como si rebotaran contra un frontón.

Yo no quería contestar porque estaba fascinada con un corto animado que vino antes de la película. Una cosa tan pero tan hermosa, tan cargada de sensibilidad. Se trataba de una ciudad, un pico de urbanidad occidental, como podría ser Nueva York, París o Buenos Aires. Empezaba a llover con ruido a música. Esa percusión natural, hecha de elementos cotidianos, me recordó a Les Triplettes de Belleville, cuando las trillizas viejas y flacas hacen música frotando hojas de papel de diario, usando las parrillas de la heladera como cuerdas, y el caño de la aspiradora como vientos. El día que me metí a ver esa película fui tan feliz como hoy cuando me encontré, de casualidad, con ese corto. La lluvia se hacía cada vez más copiosa y la ciudad de cubría de paraguas. Sólo se veían edificios y hombres con cabeza de paraguas, todos envueltos en una rutina gris, menos uno, de color azul eléctrico y con expresión de felicidad cada vez que atajaba agua de lluvia, que algunos toldos caprichosos le descargaban como baldazos. El foco pasaba del paraguas azul a conjuntos de ventanas, semáforos y puertas, todos con forma de ojos y boca, ojos y boca que expresaban ansiedad, sorpresa, desilusión y demás. La cosa es que esas caras hechas de material urbano presenciaban la aparición de un paraguas rojo, con pestañas arqueadas y andar femenino. Y la acción empezaba a rondar en el encuentro y desencuentro de los únicos dos colores de la pantalla, el azul eléctrico y el rojo. Iban, venían, iban, venían, los ojos y las bocas de aliviaban por momentos, cuando parecía que se produciría el encuentro, se fruncían cuando se alejaban, y así. El ritmo de la pantalla era sensacional. Pero Anastasia seguía preguntando “¿Cuándo empieza la película, tía?” Cuando Anastasia se pone así, siento que es Bart, o Lisa, o Bart y Lisa juntos, preguntándole a Homero o a Marge cuánto falta para llegar, a coro sincronizado desde el asiento trasero del auto. Ya llega, es obvio que si compramos la entrada y estamos acá, es porque de un momento a otro, la película va a empezar, mientras tanto disfrutá de lo que estamos viendo, que es espectacular, traté de decirle. Pero fue como hablarle al balde de pochoclos del nene que estaba sentado atrás.

Después empezó Monster Universiy. Hermosa. ¿Qué puedo decir? Como dije antes, yo suelo entregarme adentro de la sala de cine. Y me animo a decir que los primeros veinte minutos de la película estuvieron igual de buenos que el resto, pero la verdad es que no los vi, porque decidí priorizar el sueño perdido. Me desmayé. Cabeceé sobre el lado derecho de mi cuello hasta dejarlo duro. Pero en cierto momento me despabilé. Nunca voy a saber qué clic se da en el cuerpo cuando, de un momento para el otro, decidimos salir del cabeceo constante para abrir bien los ojos y meternos, como si nada, en la película que se nos presenta avanzada y con relaciones consolidadas entre personajes que, al principio, apenas se reconocían. La cosa es que el gurrumín verde del uniojo comandaba un equipo de monstruitos perdedores, de lo más variopintos, en una competencia intergrupos con el objetivo de reivindicar su lugar en la Universidad de Monstruos. Como vi la versión doblada al español, la competencia se llamaba Sustolimpiadas. No pude evitar hacer la relación directa entre Le Championat y las Sustolimpiadas. Trabajo en equipo, fiebre de competir. Toda la vida expresada en las interrelaciones de esperpentos desparejos que viven detrás de las puertas de la humanidad, porque su mayor objetivo es llegar a trabajar de Asustadores de niños humanos, cuando lo que más les asusta, es toparse con cualquier representante de esa raza homogénea y fría. Tengo que escribir de esto, pensé, de la moraleja de Monster University, de la confianza entre compañeros, que se apoyan, se arengan, se dicen lo que hay que decir, y de la humanidad expuesta como terreno de peligro, de lejanía de la realidad.

No tuve tiempo de pensar. Teníamos que salir volando del cine para llegar a tiempo al teatro La Galera. La obra se llamaba C. Niciento. Hicimos una cola de cinco minutos que, aunque breve, volvió a despertar los impulsos ansiosos de Anastasia, que preguntó “Tía, ¿cuándo entramos?” más de cuatro veces. Entramos rápido, nos instalamos, y ahí llegó la otra pregunta “Tía, ¿cuándo empieza la obra?”. Repetí la fórmula de mi indefinición: “Ya va a empezar, esperá un ratito”. Pasó el ratito y empezó. Salieron tres payasos a escena y Anastasia hizo gesto como de esta obra es para nenes de jardín, yo pensé lo mismo. Pero después se ponía linda. Carlos Niciento, payaso y desocupado, empezaba a trabajar para una madre malvada de una hija malvada. Anastasia me miró contenta, cuando notó la relación que conectaba la historia del escenario con el cuento de La Cenicienta que ella esperaba. Respiré. Porque no puedo dejar de sentir que si propongo una salida soy responsable de que salga bien, de que el otro la disfrute y sienta que pude elegir bien para él. Ya sea que se trate de mi sobrina de ocho años, de amigos, de mi mamá o de una cita. Me sorprendí sonriendo y tarareando canciones, junto con otras mujeres, madres, tías, o hermanas mayores, que estaban en la misma que yo. Pensé en este rol tan femenino de asistir a espectáculos infantiles con los menores de la familia. Había tantas mujeres adultas como chicos en el público, contribuyendo a generar ese clima de comunión con los artistas, con aplausos, manos levantadas, culos bailando en el asiento, miradas de ansiedad para comprobar que el niño está satisfecho con el espectáculo, alivio.

Salimos contentas y exhaustas, con ganas de teletransportarnos a mi departamento, a cuarenta minutos de distancia. La opción más cercana a la teletransportación era el taxi, pero Anastasia quería viajar por debajo de la tierra, probar la experiencia sobrenatural de abordar trenes grafittiados, donde las almas se amontonan y juntan los gérmenes de manera obscena, para terror de mi hermana, que no puede curarse del todo de una sugestión de Gripe A que le tomó el centro neurálgico de sus miedos hace cuatro años. Y allá partimos. Estación Plaza Italia con destino a Estación Callao. Me vi la cara en la ventanilla del tren. Un fantasma. Una precuela de Monster Inc. mezclado con Carlos Niciento antes de la llegada de la plancha y el cepillo que hicieron las veces de hada madrina en la obra de La Galera.

Llegamos a casa. Intenté sentarme a escribir el principio de mi aporte diario para Le Championat, mientras Anastasia se internaba en una dosis de Disney Junior que le duró casi nada. Vino al lado mío a ofrecerme, nuevamente, ayuda para escribir una novela como las que me gusta mirar. Cerré todo. No puedo escribir con público. Supe que otra vez bordearía el horario límite.

Me metí en la ducha con la idea de abandonar mi aspecto fantasmal. Cuando salí Anastasia me recordó que nos teníamos que preparar para ir a la cena de mis amigos, en la otra punta de la ciudad. Yo estaba confiada en que mi cansancio era un reflejo del cansancio de mi sobrina, que desistiría de la idea de ir a la cena, yo me disculparía y nos quedaríamos tiradas en la cama un rato, hasta que recuperara fuerzas para levantarme a escribir. Error. Anastasia había tomado nota mental de toda la programación del día, hoy a las siete de la mañana, cuando me despertó con la pregunta “Tía, ¿qué hacemos hoy?” Así que llené la bañadera de agua y espuma con fragancia de rosas, la bañé, le lavé el pelo, la sequé, le elegí la ropa, la peiné, hablé con mi hermana para avisarle que estaba saliendo de noche en radiotaxi con la hija de ocho años, y salimos.

Llegamos a lo de Majo cuarenta minutos después. Anastasia se instaló en la cocina a colaborar con las destrezas culinarias de mi amiga, y yo me desplomé en un sofá mullido y blanco. Llegaron los otros amigos, Anastasia acompañó a Majo a abrir la puerta con cada nuevo timbrazo. Habló con todos. Yo no emití sonido. Salió al balcón. Puso la mesa. Comió dos panchos con guacamole. No paró. En el momento de la foto grupal, que se hizo ritual en cada encuentro, sacó de mi cartera una plancha de lunares de colores de la muestra de Yayoi Kusama y empezó a pegar lunares en todos los cachetes. Todos se dejaron, nos dejamos. Nos sacamos la foto. Llegó el radiotaxi de vuelta. Hizo puchero porque no se quería ir. Le expliqué que tenía que terminar de escribir. Se entusiasmó con ayudarme. Bajamos. Pasó el camino de vuelta leyendo carteles de neón y cabeceras de colectivos de cada unidad que cruzábamos. En el palier me pidió una foto de sus cachetes forrados de lunares. Prendió Disney Junior. Me senté a escribir. No me salía nada. Desde la cama me dijo que escribiera el día que pasamos juntas. Empecé a teclear dispuesta a usar su energía inagotable como tema del día, sabiéndome incapaz de fluir en cualquier otro tema que no fuera mi día con Anastasia.



lunes, 20 de mayo de 2013

cumpleaños

Hoy es mi cumpleaños número veintisiete. Lo escribo en letras porque el número me tortura por las noches desde hace meses, por exagerado y por casi treinta. 

Suena el despertador a las 7:30. Me levanto despacito porque no quiero despertar a mi prima Martina que todavía duerme en la cama de al lado. Martina estudia medicina y cumple jornada laboral. Se levanta a las 8:00, desayuna liviano y se sienta a estudiar con el mate. Lee, subraya, resume y murmura durante la misma cantidad de horas que yo ocupo en trabajar. El resto del tiempo cursa en la Facultad. Duerme, come y se baña por fuera de las horas del día. 

Me ducho rápido. Pienso en la ansiedad que me provoca saber que hasta mediodía no voy a recibir saludos de cumpleaños: no uso celular y tengo que pasar la mañana haciendo trámites en el centro. Pienso que ojalá Eugenia no se ponga mala onda para atender el teléfono y me pase los mensajes por mail. Eugenia es mi amiga y compañera de trabajo, pero a veces se cree que es jefa porque es diseñadora, aunque las dos respondemos a la misma jefa: Cristina. Como yo soy aspirante a contadora y hago más de secretaria que otra cosa, Eugenia cree que me puede mandonear. Es una de esas personas que dirigen todo, hasta el recorrido del taxista, mientras que yo doy la coordenada del destino final y me entrego a escuchar la radio recostada en el asiento. 

Salgo del baño en puntas de pie. Entro al cuarto de Alfonso a buscar mi ropa, maldiciendo mi olvido de la noche anterior, no porque vaya a despertar a mi primo que tiene el sueño bastante pesado, sino porque no tengo tiempo ni luz suficiente para elegir lo que me quiero poner, justo hoy que es mi cumpleaños. 

A las 8:30 dejo el departamento de la calle Quirno Costa y me voy a tomar el subte a Pueyrredón y Santa Fe con un solo feliz cumpleaños en mi haber: de Martina, desde la cafetera, sin cambiarse el pijama y sin lavarse la cara. Martina es la única persona que conozco que es linda desde que se despierta, con los ojos semi-abiertos, la cara con marcas de almohada y el pelo en cualquier lugar. 

Voy por la calle y quiero decirle hoy-es-mi-cumpleaños a cada persona que me cruzo, pero me parece ingrato que me saluden extraños antes que mi mamá y mis amigas. Me distraigo haciendo colas en dos bancos de Florida y Diagonal Norte, hago un depósito por cajero, voy a la sede Central de MOVICOM de Corrientes al 600 a reclamar una factura mal cobrada y busco un cheque en el Edificio República de Tucumán y Bouchard. Termino y camino para volver a la estación Catedral. Veo gente amontonada en la vidriera de Frávega en Corrientes al 700. Pienso qué raro fútbol a esta hora y sigo caminando. En Florida al 300 me meto en un bar para ir al baño. A las chicas siempre nos dejan pasar al baño, el secreto es pedir permiso con cara de soy-mujer-y-tengo-días-femeninos. El mozo no me escucha, el de atrás de la barra tampoco. Pienso que me falló la regla y que si fueran mujer entenderían. Todos miran el televisor. Me impaciento. Señor es mi cumpleaños y necesito pasar al baño, le digo pero sigue sin escucharme. Miro el televisor. Están embobados con una película de apocalipsis a las once de la mañana mientras yo necesito un baño ya, ahora, no aguanto más. Voy sin permiso. 

Salgo. El grupo de fanáticos frente al televisor se multiplicó. Vuelvo a ver la misma imagen de antes de entrar al baño, me doy cuenta de que es un loop que combina dos imágenes: un avión se incrusta en una de las torres gemelas, primer derrumbe; otro avión se incrusta en la otra torre gemela, segundo derrumbe. No es una película ni un sueño: un grupo de locos kamikazes estrelló dos aviones en el centro de Manhattan, el Empire State volvió a ser la Torre más alta de la Gran Manzana, y a la taza que le regalé a mi mamá cuando tenía catorce le sobran dos rascacielos. 

Me cago en el fundamentalismo religioso y en George Bush que se busca enemigos en el Medio Oriente para inventar guerras y afanar petróleo. Me recago en los acontecimientos históricos. ¿11 de Septiembre tenía que ser? No era suficiente haber venido al mundo el día que Pinochet volteó a Salvador Allende, o que Sarmiento respiró por última vez. Hoy cambió el mundo nena, me dice el mozo cuando le pregunto qué pasó. 

Llego a Núñez a mediodía. Mi oficina está adornada con guirnaldas y serpentinas de papel borrador. Lo bueno de la gente creativa es que vive en un limbo de irrealidad y hace intervenciones todo el tiempo, con todo lo que encuentra. Eugenia me da un papelito con una lista de llamados y un regalo en una bolsa de Towers. Te llamó Cristina, dijo que cruces a la casa, que se siente mal para venir pero que te quiere saludar. Le digo que sí con la cabeza mientras chusmeo la bolsita. Me avergüenzo del apuro, me siento como cuando tenía cinco y recibía a los invitados con la mano estirada para que me dieran el regalo. Abro el paquete, es un disco de un tal Paul Blanc, piano instrumental. Le digo gracias sin mucho entusiasmo. Se da cuenta de que no me gusta. Me pincha como le gusta pincharme desde que descubrió que no soy tan mansa como parezco. Eugenia es la única persona que me hace saltar y lo sabe, también se aprovecha. Estás en babia, ¿qué haces con la radio apagada?, unos locos explotaron las Torres Gemelas y me cagaron el cumpleaños y todo el drama personal del número veintisiete. Me mira divertida y larga una carcajada insufrible. Me hago la distraída y busco un ticket de cambio adentro de la bolsita de Towers; no lo encuentro. 

Llama mi mamá y me dice feliz cumpleaños antes de mencionar cualquier referencia de actualidad porque me conoce; sabe perfectamente que para mí el cumpleaños es un contabilizador de amor, es el día de prueba: si te acordás, me querés; si no te acordás, no. Igual le despotrico porque me doy cuenta que se está aguantando los comentarios de actualidad que están a pedir de boca, y porque es mi mamá y si no me descargo con ella entonces con quién. Bueno hija no seas egoísta, pensá que hay muchas víctimas y gente que lo está pasando mal de verdad. Claro, pienso, otra vez la alusión velada, la insinuación de hija trastornada que encuentra problemas donde no los hay: hay gente que sufre de verdad. Sí, puede ser que en el norte del mundo haya gente con problemas vitales mamá, pero me rompe las pelotas que el forro suicida no haya podido esperar un día más, ya tenemos suficientes efemérides el 11 de septiembre ¿no te parece? Ah, feliz día del maestro. Chau. 

Corto y me siento mala hija como el noventa y cinco por ciento de las veces que termino de hablar con mi mamá. La llamo y le pido perdón como el cien por ciento de las veces que termino de hablar con mi mamá sintiéndome mala hija. 

Pongo un cd en el equipo de música para evitar prender la radio. Eugenia viene a decirme que es una irresponsabilidad de mi parte no prender la radio, que tenemos que estar informadas de lo que pasa. La miro con incredulidad y odio y me prometo no caer en la provocación. Le digo que haga click en un ícono que tiene una e minúscula azul de explorer y escriba www.lanacion.com.ar si tiene ganas de informarse. La radio es el único objeto del estudio de mi jurisdicción y lo defiendo a capa y espada. Los creativos se creen los dueños del mundo. 

Paso las cinco horas siguientes trabajando y atendiendo algunos llamados de cumpleaños que empiezo a querer dejar de atender, no soporto las alusiones al monotema. Quiero decirles que se guarden las frases obvias del tipo ¡Qué día te vino a tocar eh! ¿Viste qué quilombo? ¿Qué irá a pasar ahora? Quiero decirles que no sé y que no me importa, que para hablar de política internacional se busquen otro interlocutor. La explosión de las Torres es más popular que el clima, el tránsito y la crisis económica de turno. Cada quince minutos hago click en actualizar la bandeja de entradas de Hotmail esperando recibir un mensaje que no recibo. En todos los que sí recibo se menciona el evento del día y, presumiblemente, del siglo. 

A las seis en punto me despido de Eugenia y me voy a lo de Cristina para que me diga feliz cumpleaños. A los jefes hay que obedecerlos. Antes le digo que la espero en casa, que no se vaya muy tarde. Siempre nos vamos tarde del estudio, tenemos problemas de límites y adicción al trabajo. 

Llego a Quirno Costa pasadas las siete. Martina sigue en su jornada de estudio. La imagino sentada en la misma posición desde las 8:35. Puedo imaginarla porque yo hacía lo mismo cuando estudiaba Sistemas en la UTN ocho años atrás. La gente de virgo se caracteriza por la constancia y la fuerza de voluntad. Voy a la cocina y veo una torta con baño de chocolate y decoración de rocklets. Me vuelvo al comedor y digo gracias Marti bastante emocionada, porque ella no es muy demostrativa de decir pero sí de hacer. Me pregunta si necesito algo más, si quiere que vaya al Coto a comprar cervezas y coca-cola. Le digo que no se preocupe, que voy yo, que las chicas llegan tipo ocho. Alfonso sale del cuarto, me dice feliz cumpleaños y me dice que va él, que yo me quede. Mis primos son las únicas personas que le dan más importancia a mi cumpleaños que al evento del día, presumiblemente, del siglo. Pienso que ellos también saben que le pongo demasiada carga a cumplir años. Les agradezco con el pensamiento. 

Más tarde vienen Marina, Corina, Eugenia y Carolina. Tomamos mate, cerveza y coca-cola. Evitamos tocar el monotema. De fondo suena el disco de piano instrumental de Paul Blanc, es más deprimente de lo que imaginaba. Llama mi tío Luis desde su residencia venezolana y me dice que estamos presenciando un hito histórico. Le contesto de mala gana e insiste. ¡Hoy cambió el mundo nena!, se envalentona para hacerme entrar en razón. Le digo que no es original, que el mozo de un bar de Florida al 300 me dijo las mismas palabras hoy a la mañana. Agradezco el llamado y corto prometiendo escribirle pronto. 

Voy a la mesita del equipo de música y lo apago, después prendo el televisor. Subo el volumen. Paso los canales; todos muestran el evento del día, presumiblemente, del siglo. Les digo que basta de disimular, que les agradezco la atención pero que no me gusta hablar boludeces cuando veo lenguas que se atragantan por hablar de lo que necesitan hablar. Suelten las palabras nomás, el año que viene me desquito, y aunque al mundo se le ocurra acumular una efeméride nueva, el 11 de septiembre va a haber fiesta. 





Luciana Cáncer. 

Mayo 2013.

miércoles, 1 de mayo de 2013

Yo, la promiscua

Tengo un amor imposible. Mi psicólogo dijo hace poco que para ser imposible lo disfruto bastante. Yo, que milito en las filas del melodrama, le respondí con cara seria: “Él disfruta de mí, yo sufro”. 

La primera vez que nos vimos en mi departamento de Buenos Aires me recomendó un libro. “Se llama Detectives Salvajes, es de Roberto Bolaño, lo edita Anagrama y te va a encantar” dijo antes de irse. “Además, tendrías que anotarte en un taller literario”, agregó. Hizo dos afirmaciones, ambas con igual determinación, ambas como si me conociera mejor que yo, ambas sin esperar respuesta. 

La única literatura que él conocía de mí era en formato de correo electrónico y en modo descarga emocional. Kilómetros de verborrea desproporcionada, furiosa e incontestable. Si recopilara la serie podría titularla El combo del horror. Para suerte del mundo borré cada carta. “No voy a leer todo eso” me dijo una vez, entonces dejé de escribirle. 

Pero volviendo a las recomendaciones de esa mañana, sólo me ocuparé de la primera. En cuanto tuve a mano una librería compré Los detectives salvajes; una edición de tapa roja con el recuadro típico de la ilustración, donde aparecen tres hombres de negro y sombrero, caminando en una playa de espaldas al mar. Fue el primer libro que leí después de graduada de la facultad; leer literatura sabiendo que tenía que estudiar era irresistible en mi sistema de culpas, entramado en mi cuerpo con efectividad judeocristiana desde mi gestación (o tal vez antes). El horario de lectura empezó siendo de 6 a 7 de la mañana, mientras calentaba agua en tres ollas para bañarme, durante el mes que el gasista se demoró en venir a cambiar un calefón inútil por un termotanque nuevo. 

El libro me secuestró. Tal vez fue el entresueño, o el gas al máximo de tres hornallas exhalando en simultáneo, o el vaho blanco del agua hirviendo, o la fuerza que se hace para encajar el hecho cierto en la presunción. Pudo haber sido la atracción de los poetas malditos de aquel México, o el cuarto de atrás de la casa de las hermanas Font, o la desfachatez de las hermanas Font (de María más que de Angélica), o las piernas largas de Lupe (adolescente, puta y asesina), o los remolinos de arena del desierto de Sonora, o la travesía obstinada de Arturo Belano y Ulises Lima en busca de Cesárea Tinajero (india, olvidada y poeta). Travesía interrumpida por otras andanzas en el lado europeo del mundo. Una recopilación de historias tangentes con nombre propio, coordenada espacial y fecha, todo en negritas y al principio, a modo de título; donde el tiempo viene y va sin lógica, donde el tal Arturo y el tal Ulises entran y salen casi sin cruzarse. Cosechando naranjas en el sur de Francia, trabajando en un camping barcelonés, enamorados en Madrid o en Blanes, viviendo de prestado en un departamento del barrio latino. A veces sin delatar su identidad aunque haciendo ver su paso errante. Siempre construyendo una historia mayor desde muchos afueras y no desde un centro. 

Yo sé, sufro de promiscuidad literaria, pero entonces no lo sabía. Hasta ahí había tenido relaciones monógamas en este orden: Lewis Carroll, Charlotte Brönte, Isabel Allende, Ernesto Sábato, José Saramago, Mario Vargas Llosa, Adolfo Bioy Casares y así. Entonces me dispuse a vivir plenamente mi amor por Bolaño, el último perro romántico. Pero Bolaño es una invitación a leer, a él o a los que él ama (porque ama y odia, no se queda en sensaciones hasta-ahí como gustar o disgustar). Y entre que Anagrama no mandaba más que un título cada tanto, y que a mi nuevo amor lo mató un cáncer bastante temprano (esta vez sí de enfermedad y no de trópico ni de signo ni del apellido que heredé de mi padre), yo no tenía más remedio que aliviar mi voracidad con otros autores. Autores de los que luego también me enamoraba, y acumulaba amores, y estiraba mi cuerpo para hacerle lugar a un amor nuevo, y podía amarlos a todos a la vez sin que el amor por uno corriera de lugar el amor por otro. 

Ahora bien, pasar de la promiscuidad literaria a la promiscuidad sexual fue casi un acto reflejo, reflejo de reflejar, o de proyectar, como nos gusta decir a los que gastamos cantidades obscenas de tiempo y dinero en largos procesos de paja psicoanalítica. Y quise olvidarme de mi amor imposible conociendo uno aquí y otro allá. Y hasta que Anagrama entraba algún título de Bolaño al país, yo alternaba con Bryce Echenique, Clarice o Vila-Matas (también me atreví a mezclarme con Thomas Mann). Y hasta que mi amor imposible aparecía impulsivo y urgente, yo jugaba a tener sexo casual con un chico de rastas que olían a shampú, un arquitecto cool de Palermo, o un DJ dulce y suburbano (nunca me atreví a un alemán con tendencias homoeróticas). 

Pero no funcionó, el espejo reflejó distinto en la escena carnal. Los otros no se convertían en amor. El amor era único, primario y animal; y seguía siendo imposible y rey. Flor de quilombo. Rebrote de culpas. Confusión en el cuerpo. Barro hasta la nariz. ¿Adónde me metiste maldito? ¡Me pasaste lo perro y me licuaste lo romántico! 

Les dije chau a todos, menos a la lectura, el cine y la música. Me puse a consumir con hambre anoréxico (que es desaforado y hondo) todos los libros, todas las películas y todas las canciones. Me metí todo lo que encontré, menos drogas, comida y pijas. Me gané críticas feroces porque “no te puede gustar todo lo que leés, escuchás o ves en la pantalla”, “no me gusta todo mucho, me gustan partes, o ideas, o algo, y a veces me atraviesa, cuando pasa eso es perfecto”. La promiscuidad cultural sí que funcionaba conmigo. 

En cuanto a lo otro, a lo físico y transversal, permanecía en estado de latencia. Hasta que una madrugada de viernes ardió mi teléfono con el mismo impulso y urgencia de antes, o de siempre. Estaba abajo, bajé y le abrí. En el ascensor me dio tres libritos blancos con portada estampada: una rosa, una celeste y otra azul. Eran libros de poemas. El de portada azul lo había escrito él y tenía nombre de revista científica. 

La pregunta que inspiró este texto fue ¿qué libro te cambió la vida? Enseguida vino a mi mente Los detectives salvajes, porque me reconcilió con la lectura y me infundió la avidez. La avidez total: de leer, de escribir, de amar y de coger. Entonces escribí hasta acá y entendí que el libro definitivo había sido otro: finito, blanco y con portada azul. El cambio se operó antes de leerlo. Fue la dedicatoria de dos palabras, una firma y una fecha. Era 5 de junio y no pienso decir nada más. No quieran saber tanto de mí. 



Luciana Cáncer. 

Abril 2013.

jueves, 17 de enero de 2013

soñé con john cusack

Soñé con John Cusack. 

Es de noche y camino por Buenos Aires. De la nada me encuentro con John Cusack. Está vestido de impermeable y pasea un perro grande. Tiene la barba rala, incipiente, desprolija, y ese aire de héroe melancólico que el mismísimo John Cusack (fuera de mis sueños y de cualquier experiencia onírica) ha dispersado por amplias latitudes, en forma de partículas de celuloide. 

Resulta que no sé por qué, sin mediar palabra ni presentación, nos ponemos a caminar a la par, John Cusack, el perro grande y yo. Caminamos unas cuadras que en sueños podrían ser mil, quince, o media. En algún punto de ese continuo indefinible de longitud y tiempo (dicen que los sueños duran lapsos infinitesimales) aparecemos hablando muy naturalmente, hablando y caminando por calles de la ciudad que no tienen nombre pero que conozco. Sé que el perro grande nos acompaña pero ya no lo veo, debe ser porque no me sale hacerle gracias, ni acariciarlo, mucho menos dictarle una lista de halagos inventados a su dueño. Es cierto: no me gustan los perros, soy indiferente a ellos, pero a él, a John Cusack, parece no importarle. 

De pronto llegamos a una avenida que sí conozco bien. No veo carteles, edificios o colectivos, pero sé que estamos en Corrientes, a la altura del barrio del Abasto. Lo sé porque la densidad del aire, obviamente, aumenta (si no estuviera soñando tendría dificultades para respirar). También por la cadencia del andar de los taxis y por un rumiar inaudible para mí, pero sensible al perro grande que vuelve a tomar cualidades corpóreas justo cuando pisamos la avenida. 

Seguimos apareciendo caminando y hablando. Ahora por una calle identificada y con la presencia material del perro grande. 

Nos detenemos en una parada de colectivo sin número de línea, pero pienso en 124. La cola de futuros pasajeros es tan larga que no puedo ver dónde termina. Caminamos, siempre hablando, por el costado, con la intención de ponernos al final. El perro grande, John Cusack y yo, sabemos que la cola tiene un último y vamos, seguros, a pararnos detrás de él. 

En el camino, observo que los integrantes son todas mujeres jóvenes. Muy modernas, o cool, o chics, al estilo de Anita Álvarez de Toledo o Leonora Balcarce o Cloé Bello. Bien rubias todas, flacas, de piernas interminables, con minishorts diminutos, apenas unos toques de brillo y maquillaje de sirenas. 

Llegamos al final, miro hacia adelante y veo que la cola de Anitas, Leonoras y Cloés dura media cuadra, menos de lo que parecía desde la perspectiva contraria. 

Dejamos de caminar pero no de hablar y nos paramos a esperar que llegue el colectivo. Simultáneamente, un móvil rojo con letras blancas y números negros estaciona en la parada. Chupa a toda la cola de una vez. Digo chupa porque al mismo tiempo que para ya estamos arriba del carromato. Digo carromato porque es una unidad vieja, como las que circulan por la ciudad con los colores y el número de la línea, pero con la palabra AUXILIO en letras bien grandes. 

Una vez arriba veo a la troupe de Anitas, Leonoras y Cloés. Cada una parada detrás de un atril con partituras musicales, tocando instrumentos de lo más variados que, pienso, pertenecen a la familia de los vientos. Pienso en vientos porque a partir de ese momento dejan de ser Anitas, Leonoras y Cloés para convertirse en las musas multideseadas que acompañan a Björk en sus presentaciones raras y súpercool, mucho más cool que las Anitas, Leonoras y Cloés. Tocan una música que no suena linda ni agradable, que no entra por los oídos sino por el ombligo y se desparrama, desde ahí, hacia mi centro. Quiero temblar pero John Cusack y yo seguimos hablando, y el perro grande parece morirse de ruido. No me preocupo por su agonía. No siento culpa por no preocuparme. 

El colectivo se detiene en la siguiente parada. No hay cola. Sólo una mujer con una perra chiquita. Me doy vuelta a mirarla. La veo y suelto el temblor contenido. No tiemblo por la música (que en ese instante dejo de escuchar). Tiemblo por otra razón: es Diane Lane. 

Por primera vez en el sueño tengo celos. Presiento que Diane Lane y John Cusack se van a flechar. Presiento que el perro grande y la perra chiquita se van a flechar. Sé que ambas parejas humano-can, cada una por su lado, van a llorar mirando Cinema Paradiso, añorándose. Entonces me veo dejando de hablar y tomando la manga del impermeable de John (ya no le quiero decir John Cusack, quiero formar parte de su intimidad por celos de Diane Lane). Bajamos en la siguiente parada, que aparece justo cuando yo tironeo la manga. 

Estamos esperando otro colectivo sin número de línea pero pienso en 67 porque sé que estamos sobre Callao a la altura de Barrio Norte. Lo sé, quizá por el despilfarro de iluminación, quizá porque es un sueño. 

Subimos al colectivo que esta vez no nos chupa, nos hace subir dos escalones y apoyar mi SUBE tres veces sobre el escáner, porque John y el perro grande no tienen SUBE. Este colectivo tiene interior de colectivo, no de recital, y está casi vacío. 

John y yo volvemos a hablar de lo más naturalmente. El único pasajero además de nosotros es un señor canoso, sentado en la hilera de asientos individuales. Está leyendo un libro gordo y pesado con la mirada baja. Levanta la vista y lo veo: es John Malkovich. No me sorprendo. Es simplemente una noche de Johns. Nos sentamos en la parte de atrás los cuatro: John Cusack (ya no siento la necesidad de intimidad ni celos de Diane Lane), el perro grande, John Malkovich, y yo. 

Algo raro pasa, John Malkovich le hace una escena de celos a John Cusack. El motivo parezco ser yo. Claro, pienso, no es el verdadero John Malkovich, es la esposa de John Cusack que quiere ser John Malkovich, por supuesto, cómo no me di cuenta antes. Detrás de esa máscara de señor grande está ni más ni menos que Cameron Díaz. La oleada de celos retoma su circuito habitual que ni en sueños deja de ser desproporcionada. Vuelvo a dejar de hablar y a tironear de la manga del impermeable de John Cusack (y odio tener que apellidarlo porque vuelvo a querer ser íntima pero tengo que distinguirlo del otro John, que no es John sino Cameron). 

Bajamos en plena Av. Luis María Campos. A esta altura la distingo tan sólo porque en los sueños las verdades son reveladas y punto. Pero resulta que ahí, en Luis María Campos y Gral. Chenault, bajamos todos: John Cusack, el perro grande, John Malkovich, y yo. Me quiero deshacer de John-Cameron pero no encuentro ningún túnel donde devolverlo/a a la película de donde salió. 

Entonces miro al otro lado de la calle y lo veo: es mi amor imposible del mundo real. Está saliendo de un colectivo con la troupe de Anitas, Leonoras y Cloés, ancho entre la amazonía rubia, flaca, de piernas interminables, con minishorts diminutos, apenas unos toques de brillo y maquillaje de sirenas. Y acá sí que si me someten a un estudio de sueño me diagnostican epilepsia por el volumen de la convulsión que me sacude. El perro grande empieza a ladrar como loco. Desde mi inconsciencia lo quiero, ya no me es indiferente. Agradezco su extrema sensibilidad de perro y desconvulsiono. 

Me concentro en hacer desaparecer al conjunto de intrusos de la vereda de enfrente. Hago tanta fuerza que Cameron Díaz deja de querer ser John Malkovich y se acuerda de Jude Law en su papel de Graham en Holliday. En ese momento me llega una frase que escuché de algún hombre que no recuerdo estando despierta: “A las mujeres les gustan los hombres con contexto”. Lo decía porque yo prefería a Jude Law viudo, enamorado y llorón en Holliday, y no donjuán, falso y seductor en Alfie. “A mí Megan Fox me gusta siempre”, agregó. 

Mientras trato de recordar al hombre que me hablaba despierta de lo buena que está Megan Fox en cualquier contexto de película que haga, en la intersección misma de Luis María Campos y Gral. Cheanault se hace presente un Jude Law perfecto, con lágrimas en los ojos y una declaración de amor en la punta de la lengua. Suficiente para imantar a todas las Anitas, Leonoras y Cloés, que cruzan la calle en términos de nanosegundos, gracias a sus piernas interminables y a mis poderes oníricos. 

Cualquier incauto podría decir que fue un acto de magia, les digo que fui yo: Mi amor imposible del mundo real desapareció. Prefiero evaporarlo a tener que verlo rodeado de Anitas, Leonoras y Cloés. 

Sólo quedamos el perro grande, John Cusack y yo, que seguimos hablando quién sabe de qué.


Luciana Cáncer.




viernes, 14 de diciembre de 2012

fiebre

Te extraño
tanto que
me puse
el vestido que
me regalaste,
y me olvidé
de lo cortito
que es,
y no tuve 
en cuenta
al viento,
y se me vuela,
y muestro
la bombacha 
en la avenida,
y me da fiebre;
pero no del frío 
que tomé con el 
vestido corto:
es fiebre de
extrañarte.

viernes, 7 de diciembre de 2012

foto

Entonces
me sorprendió
tu foto
y sin querer
la acaricié
con el mouse
de mi
computadora.

domingo, 18 de noviembre de 2012

eugenia alicia (o jennifer del estero)

Eugenia Alicia es su nombre.
Cuando nos conocimos yo
solía tener conductas de vegetal;
siempre y cuando los vegetales
vivan en estado de anestesia total.
Un día me invitó a pasar el
fin de semana en su departamento
de la calle Billinghurst,
"podés ocupar el cuarto
más lindo de la casa" dijo;
y fui ese fin de semana y
todos los que siguieron.
Me enseñó a escuchar
los himnos del Indio Solari,
los rockandrolles de los
Stones y de Los Piojos,
las poesías de Joaquín y
la magia de Charly.
Nos hipnotizamos frente
al televisor la mañana que
murió Lady Diana, y lloramos.
Otro día me dijo que
nos mudáramos juntas,
entonces nos fuimos a vivir
a un departamento en la calle
Aráoz.
Una vez por semana,
asistimos a un ritual de nombre
Agrandadytos y nos morimos
de ternura cuando un precoz
mago Lalo se sorprendió de su
propia magia al grito de "¡Un pájaro!"
ante la aparición de una paloma
blanca debajo de su galera.
Una noche de sábado decidimos
incursionar en la noche de
San Telmo: entramos en un
subsuelo tugurioso lleno de
hombres, tomamos cerveza en
vaso plástico de cumpleaños
y sembramos una ola de carcajadas
cuando la mejor actriz de la ciudad
recreó a una fan de Ricky Martin
vociferando una y otra vez
"¡Qué lindo tema Ricky!"
estirando mucho la última y.
Un viernes de julio, nos
pusimos todo y fuimos a
La Trastienda a ver a los
Kuryakis. Yo miré y bailé
desde el costado derecho,
ella, whisky en mano, me
dijo  "voy adelante de todo
para que me vea Emmanuel";
una hora más tarde volvió
feliz, sin aire y transpirada.
La noche terminó en el baño
del Café Tortoni con su
promesa de no volver a tomar
whisky nacional.
Desde entonces yo fui
Hermoza from Heaven y
ella Jennifer del Estero.
En cuatro años, Aráoz nos
desgastó. Me fui de viaje.
Cuando volví me amenazó de
muerte; "te voy a tirar por el
balcón" me dijo con ojos
de fiera, y le creí.
En 30 minutos estaba en la
casa de mi prima con toda
mi ropa, mis libros y mis discos.
Dos años después ella y su
novio me socorrieron de un
grave estado de ebriedad en
el casamiento de una amiga.
En ese acto zanjamos diferencias
para siempre jamás.
El mismo novio de entonces
me invitó sorpresa al back
de Dante Spinetta en Niceto.
Ella arrancó un póster de la
pared y tocó la mochila de
Ricardo Mollo. "Nunca más"
dijo él.
Volvimos a las andadas.
Nos reímos en el carnaval
de La Pedrera bailando
al son del caminante lunar
con un oso panda y un oso
marrón. (Esa noche se
enamoró de un chico por
sus pestañas).
Nos hicimos fans de Max
Capote en un bar de La Paloma,
con baileys, corridas de
colectivo, fotos y videos.
Fuimos mucho al cine,
sufrimos como nunca con
la vida de Edith Piaf y
alabamos con fervor cada
estreno de Pedro Almodóvar.
Nos enrolamos en el
club de fans de Calle 13
una tarde de otoño en GEBA
mientras René Residente
nos presentaba su torso
tatuado y su lengua indómita.
Se hizo bailaora y me llevó
a conocer tablados y gitanos.
Me enamoré de un cantaor
con ojos hondos y turcos de
nombre Geromo y de apellido
Amador (él no lo sabe,
nunca le hablé, sólo lo miré
fuerte cada vez que lo vi).
Me invitó a ser amiga de
cada una de sus amigas
porque es generosa y
sabe compartir.
Fuimos a Colombia en un
vuelo de Avianca con
valijas enormes, cámaras
de fotos y emoción.
Recorrimos Bogotá con
un paraguas amarillo, compró
medio Zara y me sacó fotos
de book.
Conocimos la gloria:
la gloria se llama Andrés
carne de res y vive en Chía;
bajo una lluvia de corazones
rojos de papel barrilete le
exigió una foto a su actor
preferido mientras mi dedo
temblaba apoyado en el
botón de disparar.
Fuimos a una isla del caribe
con hotel de pulserita, turistas
felices y nativos tristes.
Pidió un cambio de habitación
por ruidos molestos, nos
mudamos. Hicimos una
excursión en una lancha
precaria de nombre Stefány.
A la hora de volver, se peleó
con un hombre de dos metros
por uno como si fueran, ella y él,
del mismo tamaño. A bordo,
inquirió al lanchero que fuera
con cuidado porque "¡acá
viaja una familia señor!", mientras
se agarraba de mi brazo flaco
buscando protección. Nos
hicimos amigas de un taxista
que nos llevó de compras al
centro bajo su desesperada
consigna de "¡¿Dónde hay
perfumes!?" Compró 4 ó 5
botellitas. En el hotel entró
en pánico cuando se probó
un carísimo Jean Paul Gaultier
con olor a vencido y color
de pis denso. Entonces salió
con el taxista amigo a cambiarlo
y volvió con cara de haber
recuperado el sentido de
la vida. Volamos desde
San Andrés a Bogotá en
primera clase por puro
culo. Ella se acomodó en
el rol de ejecutiva y exigió
que cierren la cortinita y
whisky para tomar.
Ahora es una nueva rubia y
su cuerpo sigue teniendo la
cualidad de muy abrazable.
Hace un año y un poco más
se enamoró de un hombre.
Se casará el 30 de noviembre.
Seré testigo de su boda y
madrina de alguno de sus hijos.
Eugenia Alicia es el nombre
de mi quinta hermana.
No nacimos de la misma
madre, mucho menos del
mismo padre; nos encontramos.